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Donde ocurre la historia
MADRID
2001 · donde ocurre

El retrato

Una ciudad que atardece disolviendo en su cielo la luz Velázquez. Se pagaba todavía en pesetas, aunque en los escaparates de los bancos ya colgaban las monedas nuevas, redondas y frías, que llegarían en enero como un pariente rico al que nadie ha invitado. Las cabinas tragaban monedas en las esquinas; los móviles eran ladrillos con antena que la gente sacaba en los bares con un orgullo tímido. Se fumaba en todas partes. Y sobre todo aquello, aquel otoño, planeaba una sombra nueva: dos torres al otro lado del océano habían caído en septiembre, y el mundo había descubierto que la seguridad era una ilusión cara.

El alma

Una ciudad que todavía creía que la fiesta no se acababa nunca, y esa fe ciega era lo mejor y lo más peligroso que tenía. Se construía en cada esquina: grúas como signos de interrogación, solares abiertos igual que muelas podridas. Le estaban haciendo una endodoncia masiva y nadie era consciente. El dinero corría sin que nadie preguntara de dónde venía, y una parte venía de sitios que era mejor no mirar de frente: promotores, políticos con la sonrisa fácil, hombres del Este sin biografía. Por debajo, Madrid seguía siendo Madrid.

Su atractivo

La noche, que en aquella ciudad no era una franja horaria sino una religión. Madrid no dormía por principio, casi por ideología, como si cerrar los ojos fuera una forma de rendición. Se salía a las once y se volvía con el lechero, el que había tenido suerte. Y por encima de todo, una sensación irrepetible: la de que la ciudad todavía no le pertenecía a nadie, y de que por eso podía ser de cualquiera.

El ambiente

Y en el centro de todo, un barrio que acababa de aprender a decir su nombre en voz alta: Chueca. Diez años antes habían sido jeringuillas y portales a oscuras; en el 2001 eran terrazas, banderas de colores recién colgadas de los balcones y una libertad que todavía olía a pintura fresca. Se ligaba de día en la plaza y de noche en los sótanos; se cruzaban miradas en la barra del Pepe Botella, se bajaba a las saunas con la naturalidad del que va a misa. Pero la ley aún no los dejaba casarse, y media ciudad seguía volviendo a casa a mentir. La calle era una fiesta; el teléfono de los padres, un armario. Madrid había aprendido a desear en voz alta mucho antes de atreverse a decirlo en la mesa de los domingos.

Luces y sombras

Luces

Libre, desordenada, mezclada, descuidadamente joven; Chueca sacando su bandera nueva, Malasaña ardiendo como una fiebre.

Sombras

El dinero negro por todas partes, el ladrillo tragándoselo todo, y dos amenazas viviendo encima de la ciudad como el zumbido de una nevera. Nada de aquello ha sobrevivido entero. Se puede volver a Madrid cuando uno quiera. A aquel Madrid, no.

2001 · donde ocurre

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