El retrato
Treinta y cuatro años y un cuerpo seco, duro, sin un gramo de más: no de gimnasio, de oficio. Se mueve despacio, como si el mundo pudiera esperar a que él terminara. Lo que más lo define son los ojos —negros, de una insolencia tranquila, capaces de sostener el silencio más largo sin parpadear—. En la muñeca, medio escondido bajo el puño de la chaqueta, un cordón rojo deshilachado que le ató su abuela de niño. Para que no te pierdas.
El alma
Un hombre que ordena el mundo para no tener que sentirlo. Cuenta los azulejos de la pared —siempre dieciocho—, alinea la taza con el borde del plato, vuelca un azucarillo entero y medio más, tres vueltas de cucharilla, ni una menos. El orden lo calma porque los números son lo único que no cambia de versión. Hijo de un militar de los de antes, que le enseñó que un hombre vale lo que la orden que cumple y que el cariño se administra como el rancho, en dosis medidas. Nunca ha desobedecido nada importante. Y su vida se parte en dos la noche en que descubre que mirar de más a un hombre, en un bar, no lo hace sentir culpable: lo hace sentir despierto.
Su atractivo
La contención. Es el hombre que no toca, y por eso arde. Una masculinidad callada, elegante sin proponérselo, cuyo deseo se lee en lo que ordena y no en lo que dice. Lleva la vida entera sin mirar a nadie de verdad; cuando por fin lo hace, mira con toda la intensidad acumulada de esa espera. Lo que ordena con las manos es lo único que no se permite hacer con ellas.
El nombre
En 2001, la casa para la que trabaja todavía se firmaba CESID; en 2002 pasó a llamarse CNI. Esta novela lo llama CNI —el nombre que reconoces— y no el de entonces. Un anacronismo pequeño y a conciencia: de los pocos que la historia se permite.
Luces y sombras
Luces
Lealtad, una competencia rara, y una ternura escondida debajo de la disciplina.
Sombras
La obediencia como jaula, el miedo a su propio deseo, y la sospecha —que lo desvela— de no pertenecerse a sí mismo.
El agente
Volver