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Mossad
ETHAN
El espía

El retrato

Cuarenta y seis años, veterano de los que ya no se fabrican. Un cuerpo trabajado en silencio, hasta el temblor. En una mano, un anillo con una inscripción en hebreo —Zejor mi atá, «recuerda quién eres»— que le puso Avi en un patio de Tel Aviv hace más de veinte años. Se duerme en un minuto, siempre; lo difícil, le dijeron una vez, no es dormirse: es querer despertarse al lado de alguien.

El alma

Un hombre que se pasa la vida leyendo lo que la gente hace cuando se cree a solas, y que por eso está siempre solo. Ha leído su anillo de una única manera durante veinte años —recuerda que eres un arma— hasta que una noche, por culpa de unos ojos negros al otro lado de una barra, lo lee del revés: recuerda que sigues siendo, todavía, un hombre. La esperanza le llega tarde y le duele: una molestia rara en el pecho, de esas que uno tarda en reconocer, porque a los que tienen algo que perder los entierran antes.

Su atractivo

La autoridad serena del que lo ha visto todo. No seduce: observa. Y cuando por fin toca, lo hace como quien desactiva algo: despacio, sin apartar los ojos. Y su atención —esa manera de mirar lo que nadie más mira— es en sí misma una forma de deseo. Su gran vuelta, la que no venía en ningún manual, es aprender a ceder: a soltar el control que ha sostenido toda la vida, a dejarse amar.

Luces y sombras

Luces

Lucidez, veteranía, y la capacidad —descubierta tarde— de amar de verdad.

Sombras

La soledad convertida en oficio, el arma que fue y que nunca termina de dejar de ser, y el miedo a despertarse una mañana al lado de alguien.

El espía

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