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El arma de los Rakitin
PETROV
El sicario

El retrato

Veintisiete años; aparenta más en los ojos y menos en la cara. El pelo rubio, casi blanco; los ojos grises, de hielo sucio. Unos tatuajes que le trepan por los brazos y le asoman por el cuello: letras cirílicas, una cúpula, algo que puede ser una fecha o una condena. Lleva tanto tiempo usando nombres de muertos que a veces tiene que hacer un esfuerzo para recordar cuál de todos es el suyo.

El alma

A este hombre lo fabricaron. Lo encontraron con catorce años y lo construyeron por dentro, pieza a pieza; matar lo aprendió después. Aquellos inviernos rusos —un cuarto sin calefacción, una navaja montada y desmontada a oscuras hasta que le salía dormido— lo programaron para no temblar, y desde entonces no ha vuelto a hacerlo, ni cuando debía. Vive con la toská, esa melancolía rusa sin fondo, y con una voz vieja que no grita: razona. Es propiedad de otros, y lo sabe. La única guerra que eligió en su vida fue contra la aguja y toda su familia química, y esa —la que ganó— es la más honesta que ha librado.

Su atractivo

El peligro con belleza. Un depredador de movimientos económicos y ojos de hielo que esconde, debajo, una capacidad de ternura que asusta más que su puntería. Deseable como lo son las cosas que podrían matarte. Y cuando, contra todo su adiestramiento, se deja tocar, cede el control con una entrega que ningún dueño le enseñó y que ninguno consiguió comprarle.

Luces y sombras

Luces

Una lealtad feroz, una honestidad de bisturí, la ternura que sobrevivió a la fábrica.

Sombras

Fue hecho para matar; no sabe recibir cariño sin convertirlo en transacción; y arrastra la sospecha de no saber estar con nadie que no sea él mismo.

El sicario

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