Parte 3 / 4

15 · EL CERCO DE AGUA

Ethan miró el cigarrillo.

Miró la mano.

Y le apareció en la cara algo que no llegaba a sonrisa pero que se le parecía por dentro.

El juego había empezado.

Alejandro sostuvo la mirada sin parpadear. Un cliente de la mesa de al lado, ajeno a todo, le pasó un mechero. Lo cogió sin apartar los ojos, ahuecó la mano alrededor de la llama y le dio fuego.

—De nada.

Le devolvió el mechero, y los dedos se quedaron en el aire un momento más de lo necesario.

El bar seguía vivo alrededor. Conversaciones que subían y bajaban, música que cambiaba de ritmo sin avisar, el ruido constante de vasos. Pero entre aquellas dos sillas se había abierto una burbuja donde el resto del local sonaba a otra habitación.

—No te había visto antes por aquí.

—Primera vez —mintió Alejandro, y le salió fácil.

—¿Te gusta?

—Todavía no lo sé.

Dejó la frase flotando, y Ethan la recibió como una embestida más.

Tenía enfrente a un buen adversario.

Hablaron. De Madrid, de la noche, de todo y de nada. Alejandro tejía preguntas casuales entre anécdotas inventadas, buscando fisuras, inconsistencias, un cabo suelto. Pero el otro era bueno. Muy bueno.

Cada respuesta era una verdad parcial, con detalle suficiente para sostenerse y ninguno de más.

Un espía no aprende a mentir, sino a decir la verdad.

Y por debajo de la conversación profesional estaba sucediendo otra cosa que ninguno de los dos nombraba. La forma en que las miradas se retaban.

El modo en que Alejandro se inclinaba un poco hacia delante cuando hablaba, lo justo para que el otro tuviera que decidir si sostenerle la distancia.

Los dedos de Ethan tamborileando sobre el mármol, cómplices de una inquietud que la cara no enseñaba.

Ethan lo miró y se le paró el tiempo.

—Gabriel.

—Miguel.

El intercambio debería haber sido trivial. No lo fue. Fue como cruzar una línea que ninguno de los dos había dibujado.

—Yo no he pedido esto —dijo Ethan, señalando el vaso.

—Lo sé. Pero lo estabas tomando en la barra.

Ethan levantó el vaso y bebió despacio, sin apartar los ojos. El whisky le quemó la garganta y no parpadeó.

Nunca enseñaba una debilidad: era su único lujo.

Alejandro se preparó el café con el otro medio azucarillo, el que llevaba doce años sin destino. Lo volcó junto al primero y dio tres vueltas exactas a la taza, con la convicción de que sus rutinas le permitirían seguir controlando la situación.

Levantó la vista, y Ethan lo atrapó otra vez.

—La verdad llega más lejos. Cuando no trabajo, siempre digo la verdad.

—¿Y hoy estás diciendo la verdad?

—Hoy no estoy trabajando.

La respuesta se quedó dentro de la cabeza de Alejandro, dando vueltas, buscando dónde encajar y sin encontrarlo.

Alejandro se quedó quieto.

—Llevas contándolos toda la noche —siguió Ethan, señalando la pared con la barbilla—. Dieciocho, ¿no?

Trece años. En trece años nadie se había dado cuenta de eso. Ni Vázquez, que le había leído todos los informes.

Ni Irene, que le había leído todo lo demás.

El silencio que vino después duró lo que tarda un hielo en soltarse del fondo de un vaso.

Y Alejandro, que no sabía qué hacer con las manos, hizo lo único que sabía.

Se humedeció el labio inferior con la lengua, muy despacio, y con una lentitud calculada deslizó el índice sobre el mármol siguiendo el cerco de agua que el vaso de Ethan había dejado en la piedra. Una vuelta entera. Calmada. Sensual.

Completa.

El dedo húmedo brillaba bajo la luz tenue, y no apartó la vista de los labios de Ethan mientras lo hacía.

Ethan observó el movimiento como si fuera lo único que existiera en el mundo. El dedo recorriendo el agua. La presión exacta contra la piedra. El gesto era obsceno en su inocencia, íntimo en su distancia.

Y entonces Alejandro, tras cerrar el círculo, levantó los ojos, se los clavó, y arrastró el dedo hasta el centro.

No se tocaron. Pero el aire entre ellos palpitaba con la promesa de lo que aún no había sucedido.

Alejandro recorrió con el anular las vetas grises del mármol, ajado por veinte años de vasos y de codos, sintiendo las grietas bajo la yema. La piedra estaba fría y no dijo nada, que es lo que hacen las piedras de los bares que han oído demasiado.

Ethan lo miraba con la paciencia de quien lleva años midiendo distancias. Los hombros rectos. La respiración controlada.

Las manos cerca y sin tocar.

Se acercó el cenicero para descargar el cigarro, y la manga del abrigo le rozó la mano.

No fue un accidente: en aquella mesa ya no quedaban accidentes.

Alejandro no la retiró. Notó el calor subirle por el antebrazo hasta un sitio donde no le convenía notar nada, y el cuerpo, que llevaba doce años obedeciendo, decidió por su cuenta quedarse quieto. Ethan no se disculpó.

No era su estilo.

Ethan aguantó la mirada sin parpadear.

Alejandro se rio corto, sin ruido.

Encendió otro de todas formas.

La llama le iluminó los labios tensos un segundo.

—Da la sensación de que nunca cedes el control.

Los dedos de Ethan rozaron el anillo. Una vez. Dos.

A Ethan le cambió la cara.

Fue un cambio pequeño, de los que solo se ven si llevas media vida mirando caras, y Alejandro llevaba media vida mirando caras. Se echó hacia atrás en la silla y, por primera vez en toda la noche, dejó de estar cómodo.

Fue un error. Quien rellena los silencios, pierde.

Ethan inclinó la cabeza, rechazando el giro. Bebió el último sorbo, lo saboreó, y aceptó la voz de dentro que le decía que era hora de marcharse.

Seguir jugando podía ser peligroso.

Estaba en Madrid por trabajo.

Dejó el vaso con precisión en el mármol, justo donde el cerco de agua ya no estaba, y sacó un billete.

—Llévate tu dinero. Invito yo.

—No. No quiero deberte nada. —Lo dijo duro.

Alejandro sostuvo la mirada, y se le curvó la boca en una sonrisa peligrosa.

—Mientes.

La palabra cayó limpia, un golpe sin ruido. Ethan no la discutió, y esa fue toda la respuesta.

Se giró hacia la puerta y eligió el lado estrecho, entre la mesa del ventanal y la del crítico de cine.

Al pasar, la mano le rozó la mano.

Fue breve. Fue real.

Alejandro levantó la vista y los atrapó a los dos en un adiós sin palabras. La despedida fue una llama que se apagó rápido y dejó brasas en el aire.

Ethan abrió la puerta, dejó entrar el frío y salió despacio, sin mirar atrás.

El portazo sonó como un signo de interrogación.

16 · LA MESA DESORDENADA

Alejandro se quedó inmóvil, con la taza casi llena, sin azucarillo, en una mesa desordenada por primera vez en toda la noche.

Y con el cuerpo en un estado que no le pertenecía.

Le costó un rato largo darse cuenta de lo que le pasaba, porque llevaba doce años follando por trabajo y sabía hacerlo como sabía mentir: con método, sin dejar rastro y sin estar dentro. Aquello era otra cosa.

Aquello era el cuerpo yendo por delante del expediente.

Una tirantez baja, terca, absurda, provocada por un hombre que ni siquiera lo había tocado.

Nadie le había tocado. Ese era el escándalo.

Se terminó el café frío mirando la marca de agua que ya no existía, y cuando el camarero empezó a limpiar vasos con más insistencia de la necesaria, entendió que llevaba veinte minutos sin percibir el paso del tiempo.

Había perdido el control.

La compostura.

La profesionalidad.

Y acababa de darse cuenta.

17 · LA CAZA

Salió del bar veinte minutos después. El aire fresco de la noche le limpió el humo y el alcohol de los pulmones.

Malasaña se movía ya a medio gas. Algunos bares abiertos. Parejas despidiéndose en las esquinas.

El sonido lejano de una pelea sin importancia.

Contó los pasos hasta la esquina por costumbre.

Cuarenta y dos, como siempre.

Lo que no contó fue la sombra que se movía tres portales por detrás.

Había estado esperando fuera del local, mezclada con los que ocupaban un banco de la plaza, gente a la que nadie mira dos veces. Había visto entrar al hombre del papel.

Había visto entrar al otro, al del abrigo largo, al que conocía de otra vida.

Y había visto lo suficiente de lo que pasó dentro.

Ahora iba detrás, a la distancia correcta, sin acelerar en las esquinas.

No iba a ser esa noche. Esa noche era para aprender. Por dónde vuelve a casa. Qué acera elige. En qué portal se para a buscar las llaves y cuántos segundos tarda en encontrarlas.

Los trabajos de verdad dejan cabos: un ruido que hubo que tapar, un testigo que hubo que pagar, un error enterrado aparte.

Este no iba a dejar ninguno.

La caza acababa de empezar.

La caza acababa de empezar.

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