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La Madriguera — Tres Silencios

Cada día amanece, quieras o no.

Aquella mañana, en algún lugar de Madrid, un hombre ya había decidido cuántas horas de vida le quedaban a Alejandro.

Pero él todavía no lo sabía.

01 · DE 27

TRES DUCHAS

Alejandro se había duchado tres veces.

La primera, nada más levantarse, con el agua tan caliente que le dejó la piel al rojo vivo.

No fue por higiene. Fue porque bajo el agua, con los ojos cerrados, le volvió el roce de una manga de abrigo contra el dorso de la mano, y detrás del roce vinieron los ojos azules, y detrás de los ojos un dedo suyo recorriendo un cerco de agua sobre el mármol.

La mano bajó sola.

Se lo permitió tres minutos, apoyado en los azulejos con la frente, con el vapor comiéndose el cuarto de baño y el nombre falso de un hombre en la boca.

Gabriel.

Terminó contra la pared, con los dientes apretados, y se odió antes de abrir los ojos.

La segunda, diez minutos después, porque no recordaba si se había acondicionado el pelo.

Eso se dijo.

La tercera, helada.

Un castigo autoimpuesto para obligar a la cabeza a soltar el bucle.

Se vistió con la precisión de quien necesita que cada prenda ocupe su volumen exacto.

Camisa blanca, primer botón abierto, segundo abrochado. Pantalón gris, cinturón alineado con la hebilla en el centro exacto. Zapatos negros, cordones simétricos.

Y más tiempo del que le gustaría desordenándose el pelo con estudio.

El teléfono vibró sobre la mesa. Número oculto.

Lo dejó sonar dos veces: nunca a la primera.

Colgó antes de que pudiera contestar. No hacía falta.

Antes de salir, contó los pasos desde la cama hasta la puerta.

Veintitrés.

Los mismos que ayer.

Los mismos que hacía tres años.

Contarlos era la única manera que tenía de asegurarse de que la casa seguía siendo la suya, y de que nadie había entrado a mover nada mientras él no dormía.

02 · DE 27

SAN VICENTE FERRER

El CNI tenía varias sedes operativas en Madrid, pero la más discreta estaba en Tribunal, en un edificio de cuatro plantas en la calle San Vicente Ferrer.

La entrada principal era anodina. Un portal con portero automático, buzones oxidados y una placa que decía «Consultoría Técnica Mediterránea S.L.».

Nadie la miraba dos veces.

Pero la entrada de atrás, la que daba a un callejón estrecho bañado de cerveza derramada y meados nocturnos, conectaba sin escalas con El Capitol.

Y El Capitol era otra cosa.

Pero eso, de noche.

03 · DE 27

EL CAPITOL

Oficialmente, un bar reservado. Uno de esos locales donde la clientela llegaba por recomendación y el portero te miraba con hastío y con poder antes de dejarte pasar.

Por fuera, siempre parecía cerrado.

Por dentro, nunca lo estaba.

La música salía en oleadas desde el sótano: flamenco fusión, Miguel Bosé, Blur, los Stones. Una mezcla errática de CDs rayados que el camarero cambiaba cuando se acordaba.

Las paredes estaban forradas de terciopelo, espejos con marcos dorados descascarillados, y carteles de películas antiguas firmados por actrices que aún frecuentaban el lugar.

En las mesas de forja negra, hombres mayores con trajes caros compartían copas con chicos mucho más jóvenes, con miradas hambrientas y ropa ajustada.

Había actores conocidos fumando en rincones oscuros, políticos sin corbata riendo de una forma que nunca lo hacían ante las cámaras, y empresarios que pagaban en efectivo y nunca daban su nombre real.

El Capitol era el antro de unos cuantos.

Nosotros entrábamos por la puerta de delante, que era la de los que no tenían nada que esconder, y bajábamos a mirar a los que sí.

Un lugar donde el poder se mezclaba con la perversión sin disculparse, donde los secretos se compraban con gin-tonics y las lealtades se vendían por menos.

Chaperos con pinta de modelos de provincias esperaban en la barra.

Cantantes que más tarde serían famosos ensayaban en el pequeño escenario del fondo para un reducido público que apenas prestaba atención.

Y en los reservados de cuero desgastado se cerraban acuerdos sellados en carne y sudor que nunca aparecerían en los créditos.

Yo vi firmar allí más de uno. Con la mano que quedaba libre.

No cuento esto por ellos. Lo cuento por los que bajaban aquella escalera con el apellido en el bolsillo, y por los que hoy, veinte años después, todavía no lo han sacado.

Y justo detrás de la puerta que parecía llevar al baño privado, pasando por un pasillo estrecho con olor a lejía y tabaco, estaba la entrada al CNI.

Dos mundos separados por unos centímetros de ladrillo y yeso.

El servicio de inteligencia español, detrás de un antro de famosillos, chaperos y políticos borrachos.

04 · DE 27

LA NUCA

Aquella mañana, justo antes de cruzar la puerta, Alejandro sintió un cosquilleo en la nuca.

La vieja sensación de unos ojos clavados en la espalda.

Se detuvo. Encendió un cigarro que no le apetecía, solo para girarse con la llama y barrer la calle con la mirada.

Un coche mal aparcado, los contenedores de siempre sin recoger, el callejón de enfrente a oscuras.

Nadie.

Se dijo que eran las cuatro noches durmiendo a tramos, guardó el mechero y entró.

Lo que no vio fue a Petrov.

En el callejón de enfrente, apostado como una sombra tras los contenedores sin recoger. Un hombre que acechaba con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Llevaba una semana siguiendo cada uno de sus movimientos. Conocía ya sus rutas, sus horarios, sus puntos ciegos.

Sabía a qué hora salía de casa, qué calles transitaba, en qué bar se paraba a tomar el primer café del día.

Sabía que fumaba cuando estaba nervioso.

Que se tocaba el cordón rojo de la muñeca cuando pensaba.

Que caminaba siempre por el mismo lado de la acera, evitando, en lo posible, las líneas entre baldosas.

Costumbres.

Todo el mundo tiene costumbres. Y estas son las hojas de un manual de instrucciones para cualquier asesino a sueldo.

Rakitin había sido claro: «El español está espiando a nuestra gente. Elimínalo. Sin ruido.»

Petrov nunca preguntaba: preguntar cuesta dinero y no lo paga nadie.

Lo que sí hizo aquella mañana fue algo que no constaba en ningún encargo.

Esperó a que la puerta se cerrara. Contó hasta veinte. Y entonces cruzó la calle y se quedó un minuto largo mirando el portal por el que acababa de desaparecer.

Como se mira la casa en la que uno va a entrar mañana.

05 · DE 27

DIEZ Y OCHO

Alejandro llegó a las 10:08 de la mañana, cruzando El Capitol en penumbra.

A esa hora, el local aún dormía su resaca.

Solo quedaban dos empleados limpiando: uno fregaba vasos con desgana, el otro barría colillas del suelo con movimientos mecánicos, como si llevara toda la vida haciendo eso mismo.

Ninguno levantó la vista cuando Alejandro pasó.

Habían aprendido a no mirar.

Le gustaba entrar por ahí. Siempre evitaba ser el primero en llegar a las reuniones. Había aprendido que quien llega antes muestra más ansiedad que control.

Cruzó entre las mesas vacías, familiarizado con el olor rancio del local, y la cabeza empezó a procesarle sin querer todo lo que estaba fuera de lugar: la mancha de vino en el cuero de un sofá, una corbata olvidada bajo una mesa, la marca de pintalabios en un vaso medio vacío.

El de la escoba habló sin levantar la cabeza del suelo. Llevaba veintiún años en aquel local, más que los dueños, y en veintiún años no había mirado a la cara a nadie que cruzara hacia la puerta del fondo.

Amontonó las colillas con el canto de la pala, sin prisa, con los ojos en el montón.

Alejandro llegó a la puerta.

Se giró. El hombre seguía barriendo, de espaldas.

El de la escoba soltó una risa corta, de las que salen por la nariz.

06 · DE 27

VÁZQUEZ

Alejandro golpeó tres veces la puerta del fondo: seco, seguro, sin esperar respuesta.

La puerta se abrió por dentro sin hacer ruido.

La sala estaba en penumbra. Paredes revestidas en madera oscura. Una mesa redonda de cristal templado al fondo. Tres personas lo esperaban.

Uno de ellos era Vázquez, su superior directo.

Treinta años en la casa.

Los treinta le habían ido quedando en la cara, como se queda el humo en las cortinas de un despacho.

Un cuerpo ancho que había sido fuerte y ahora era solo pesado, sentado como se sientan los que ya no piensan levantarse deprisa nunca más.

La camisa sin planchar, abierta hasta donde un hombre de su edad la puede abrir, y debajo un pecho de vello canoso que no se había afeitado desde la mili.

El bigote canoso, amarillo en el centro por el tabaco, que se pasaba el dorso de la mano antes de decir algo que no le gustaba decir.

Las manos cuadradas, de uñas cortas, con la piel del índice y del corazón derechos curtida de marrón.

Y la mirada del que ya no se sorprende de nada.

Ojos pequeños, de párpado caído, que se cansaban de todo menos de mirar.

Fumaba un cigarrillo que había encendido con otro cigarrillo, como si el tiempo entre uno y otro fuera un lujo que no podía permitirse.

Era el único hombre de aquel edificio al que Alejandro no era capaz de leer.

Y el único que, a ratos, lo leía a él.

07 · DE 27

CARPETA ROJA

No era una sugerencia.

Alejandro lo hizo sin protestar. Se sentó en la silla más alejada de la puerta, la que le permitía ver todas las salidas sin girar la cabeza.

Un hábito que había aprendido de su padre, que lo había aprendido de su padre, que lo había aprendido en una guerra que nadie quería recordar.

Sobre la mesa, una carpeta sellada en rojo.

Hacía tiempo que no veía una de esas.

El rojo significaba prioridad alta, acceso restringido, información que no debía salir de esa habitación bajo ningún concepto.

Dio una calada.

Alejandro abrió la carpeta.

Fotos granuladas, copias de pasaportes que parecían limpios, transferencias en cuentas offshore. Nombres en cirílico, traducciones apresuradas, organigramas con flechas rojas conectando ciudades: Moscú, Kazajistán, Bielorrusia, Berlín, Madrid.

La cabeza empezó a distinguir lo que no encajaba.

Cada nombre generaba una red de asociaciones, cada cifra revelaba un patrón.

Vio las transferencias —tres millones en marzo, cuatro en mayo, siete en agosto— y supo que había un ritmo, una cadencia que sugería cuentas intermedias que no aparecían en el informe.

Vio los movimientos entre ciudades y detectó un hueco de seis meses donde alguien había desaparecido del radar.

Levantó la vista.

Vázquez lo miró. Anotó algo en el margen.

08 · DE 27

SIN HISTORIAL ANTES DE 1998

En la segunda hoja, una foto sin círculo: un hombre joven, de traje claro, bajando de un coche cuya puerta le sujetaba otro.

Debajo, a máquina: «RAKITIN, Laurent. Sobrino. Berlín. Responsable para España.»

Alejandro le dedicó dos segundos. Se guardó la cara.

En la siguiente, un nombre captó su atención, marcado con un círculo grueso.

PETROV, Alexei.

La foto adjunta mostraba a un hombre de unos veintitantos, delgado, con tatuajes asomando por el cuello de la camiseta de tirantes y unos ojos grises que parecían mirar a través del papel.

No sonreía.

Las líneas de su cara indicaban desnutrición temprana, recuperada pero no del todo.

Las ojeras no eran de insomnio casual. Eran crónicas. Años de mal sueño o abuso de sustancias.

Los ojos tenían esa luz vacía de quien ha visto morir a alguien.

O de quien ha matado.

Debajo de la foto, una anotación manuscrita: «Brazo derecho de Rakitin. Conexiones en Kazajistán y Bielorrusia. Antecedentes: Moscú, años 90. Sin historial oficial antes de 1998.»

Alejandro frunció el ceño.

Un fantasma con cara, sin historial, era alguien que había muerto y resucitado, o alguien tan peligroso que le habían borrado el pasado a propósito.

Alejandro negó con la cabeza.

Vázquez lo miró unos segundos sin pestañear, luego sonrió de medio lado.

Aplastó el cigarro.

Se inclinó sobre la mesa.

Nadie dijo nada. Vázquez tampoco.

Alejandro cerró la carpeta con suavidad.

No dijo nada más.

Pero la cabeza ya le trabajaba, tejiendo hipótesis, descartando imposibles, construyendo el mapa de un hombre que oficialmente no existía.

09 · DE 27

GABRIEL DAYAN

Al otro lado de la ciudad, en un ático de Chamberí, Ethan se abrochaba los gemelos frente al espejo.

Un reloj de pulsera con carga automática.

Hoy le tocaba ser otro.

Gabriel Dayan. Asesor financiero israelí. Mercados emergentes. Su tapadera habitual para misiones encubiertas.

Frío.

Funcional.

Inmutable.

Se puso el anillo el último, como siempre, con la mano izquierda ya dentro del puño de la camisa y el pulgar buscando la inscripción antes de que el metal llegara al dedo.

Era lo único que llevaba encima que no era una tapadera.

10 · DE 27

EL ENJAMBRE

En la pared, una pizarra de corcho. Flechas. Nombres. Fotos.

En el centro, escrito en letras negras sobre una tarjeta clavada con una chincheta verde: Viktor y Semyon RAKITIN.

La cabeza empezó a dispararse.

El nombre de Rakitin lo llevó a Varsovia, a una operación de hace tres años.

Varsovia lo llevó a un contacto que ahora estaba muerto —Yuri Bresnik, 43, ex-KGB—.

El contacto muerto lo llevó a un banco en Chipre —Laiki, cuenta 7734-B—.

El banco en Chipre lo llevó a una transferencia de 2,3 millones.

La transferencia lo llevó a una Shell company en Panamá.

La Shell company conectaba con políticos en Venezuela, y estos, con políticos en España.

Pero los hermanos no se movían de Berlín, así que faltaba algo en este puzle.

Faltaba una pieza, y la pieza tenía que ser una persona.

Su cabeza era un enjambre. Cada pensamiento generando diez más. Cada conexión ramificándose en posibilidades infinitas.

Era agotador.

Era su ventaja.

Era la razón por la que el Mossad lo había reclutado siendo muy joven.

Además de por ser gay.

Tocó el anillo de acero. El metal frío contra su piel.

La técnica que Avi Shamir le había enseñado hace años: «Cuando tu mente sea un huracán, encuentra un punto fijo. Agárrate a él. Respira.»

Hiperfoco.

Eligió una sola variable, la señal: Rakitin.

El resto del ruido se apagó.

Encontró, desde muy joven, una gran ventaja que la mayoría desconoce: distinguir ruido de señal.

El móvil vibró.

Un Nokia Communicator. El modelo que Val Kilmer usaba en El Santo.

Mensaje cifrado:

«Confirmada presencia de agente del CNI en el entorno Rakitin. Hombre joven. Sin identificar. Mantente alerta.»

Ethan bajó el teléfono despacio.

Y entonces la cabeza se le fue sin permiso.

Agente CNI. Hombre joven. Entorno Rakitin. Podría ser cualquiera. Cabía la posibilidad de que ya lo hubiera visto en algún sitio.

El hombre del Pepe Botella volvió a su mente como un flash mal enterrado.

Los ojos negros que lo habían mirado como si pudieran leerlo entero. El dedo recorriendo el cerco de agua en el mármol. El hilo rojo en la muñeca. El medio azucarillo. Las tres vueltas exactas de cucharilla.

Un ritual. Un patrón.

Como el suyo con el anillo.

Otro hombre que necesitaba anclas para no perderse.

Se miró la mano izquierda.

Llevaba un minuto mirándosela, y no era el anillo lo que estaba mirando.

Era el dorso, donde la manga del abrigo había rozado otra mano.

11 · DE 27

LA PUERTA DE ENTRADA

Vázquez asintió.

Conocía el tipo de gente que era Ballester. Políticos que vendían influencia como si fuera commodity. Madrid estaba lleno de ellos en el 2001, una época donde el crecimiento económico justificaba cualquier cosa y nadie preguntaba de dónde venía el dinero.

Dio una calada.

Alejandro sostuvo la mirada.

Vázquez no cambió de cara, que era su manera de decir que aquello le parecía mal y que iba a callárselo.

Intercambió una mirada con los otros dos agentes en la sala.

La imagen del hombre del abrigo largo, con sus ojos azules y su nombre prestado, le cruzó la cabeza.

Alejandro se echó la mano al cordón de la muñeca.

12 · DE 27

NO TE ENCAPRICHES

Dejó que la frase se asentara.

Alejandro sonrió sin ganas.

Se levantó y le sostuvo la puerta.

Alejandro salió al pasillo que olía a lejía.

13 · DE 27

LO QUE VÁZQUEZ NO DICE

Cuando la puerta se cerró detrás de Alejandro, Vázquez se quedó solo con la carpeta.

Los otros dos salieron detrás sin decir nada, que era para lo que estaban allí y lo único que se les había pedido en tres años.

Encendió otro cigarro con la brasa del anterior. Después abrió la carpeta, pasó las hojas hasta el final y sacó una que Alejandro no había llegado a ver, porque estaba grapada por debajo del organigrama y él la había desgrapado antes de que llegara.

Una hoja con la sangría doble y la fecha escrita al revés, como se escribía en la escuela de la casa.

La leyó como se relee algo que uno ya se sabe: despacio, buscando la palabra que le gustaría que hubiera cambiado desde la última vez.

La dobló en tres y la metió en un sobre marrón, de los pequeños, de los que no llevan membrete.

La puerta se abrió sin llamar.

Era uno de los dos que no habían abierto la boca en toda la reunión.

Vázquez tardó en contestar lo justo.

El otro se demoró un segundo en el umbral, mirando la mesa.

En aquella casa, mirar una mesa vacía era mirar lo que ya no estaba encima de ella.

Después se fue.

Vázquez se guardó el sobre en el bolsillo de dentro de la americana, que era el único sitio de aquel edificio donde estaba seguro de que no lo iba a leer nadie.

Y se quedó fumando en una sala en la que ya no quedaba nadie a quien no contarle nada.

14 · DE 27

CAFÉ GIJÓN

A las tres de la tarde, Ethan cruzó la puerta del Café Gijón.

Fundado en 1888, había sobrevivido a guerras, dictaduras, transiciones y a la propia ciudad que lo albergaba.

Las mesas de mármol veteado guardaban las huellas de generaciones de escritores, poetas y espías que habían elegido aquel lugar por lo que era: un sitio donde nadie preguntaba y las paredes escuchaban.

Los espejos biselados multiplicaban el espacio y las sospechas.

Su contacto ya estaba allí.

Dalia.

Cuarenta y cinco años. Pelo corto y rubio. Gafas de montura gruesa. Ropa deportiva que gritaba «turista americana en Europa».

Nadie la miraría dos veces.

Perfecto.

Se sentaron junto a la ventana, con vista a Recoletos. Dalia pidió un cortado. Ethan, un americano solo.

La presencia de Dalia le descolocó.

Dalia abrió una revista de moda y la dejó sobre la mesa, con un sobre alargado escondido entre las páginas centrales.

Ethan lo cogió con naturalidad, como si fuera parte de la revista, y lo deslizó dentro de su chaqueta.

Italia.

La cabeza ya lo había conectado antes de que ella terminara la frase.

Ethan procesaba cada palabra mientras la cabeza ya le saltaba tres pasos adelante.

Ballester conectaba con el Ministerio de Industria. El Ministerio conectaba con permisos energéticos. Los permisos conectaban con contratos públicos. Los contratos conectaban con comisiones del 12-15 % según patrón habitual.

Las comisiones conectaban con el CNI.

Si había políticos vendiendo España, el CNI debía querer saberlo.

Se obligó a frenar.

Se quedó en silencio, procesando, priorizando.

No paraba de preguntarse qué era «la noticia».

Dalia removía el cortado y no se lo bebía.

Llevaba once minutos removiéndolo.

15 · DE 27

TU RUSO

Dalia dejó la cucharilla en el plato.

La imagen le abofeteó.

Invierno del 92.

Labios azulados.

Un bote vacío, pastillas derramadas por el suelo.

Un cuerpo que apenas respiraba.

Petrov, Alexei.

Dieciocho años entonces. Flaco. Una bufanda raída que nunca se quitaba porque escondía las marcas del cuello.

Carcajadas con acento del norte que todavía escuchaba en sus peores noches.

No era una evasiva de despacho.

Era, al pie de la letra, todo lo que le podía decir, y lo dijo mirándolo a los ojos, sin que se le moviera nada en la cara.

Respiró.

Se obligó a volver.

Dalia lo miró con esos ojos entrenados para leer mentiras.

Ethan dejó la taza. Le había dado tiempo a enfriarse.

Petrov era un asesino. Lo había sido desde los diecisiete años. Entrenado por lo que quedaba del KGB. Perfeccionado por la mafia.

Y ahora estaba en Madrid, siguiendo a alguien.

Una mentira tan practicada que sonaba a verdad.

Dalia no insistió. Se levantó. Dejó billetes en la mesa. Se fue sin despedirse.

Así funcionaban las cosas.

Sin ceremonias.

Ethan se quedó solo con el café enfriándose entre sus manos.

Petrov.

Nueve años enterrándolo. Con papeles, como se entierra a los que no piensan volver.

Y ahora estaba de vuelta. Vivo. Trabajando para Rakitin.

Lo que no le había dicho a Dalia era todo lo demás.

Que conocía a Alexei Petrov hasta la última cicatriz. Que quien creía muerto por un informe de una sola página era el único hombre al que se había permitido querer, y que él mismo había aprendido a darlo por enterrado para poder seguir respirando.

Delante de su superior, y su amiga, se hizo el loco, como llevaba media vida haciéndose el loco con todo lo que de verdad le importaba.

Malasaña. Chueca. Tribunal.

Las calles por las que él mismo había andado la noche anterior, con el frío de Madrid en la cara y un portazo a la espalda.

Y sin que viniera a cuento, se le cruzó el chico del Pepe Botella. Los ojos negros. La mirada insolente. Las preguntas quirúrgicas que le habían dejado un regusto dulce en el cielo del paladar.

Lo apartó como se aparta una mano: sin mirarla.

Trabajo, Ethan.

Petrov estaba vivo, trabajaba para Rakitin y seguía a alguien por Madrid. Eso era lo que había. Lo demás era ruido.

Se levantó, dejó el café a medias y salió a Recoletos con el abrigo abierto.

Esa noche iba a dar un paseo por la zona.

No sabía todavía que la zona era el sitio donde las dos cosas que no quería juntar iban a cruzarse delante de él en la misma acera.

16 · DE 27

ALFONSO XII

Calle Alfonso XII. Nueve de la noche.

El tráfico alrededor del Retiro fluía lento, en piloto automático.

Alejandro caminaba por el bulevar mezclado entre la gente que salía de oficinas o entraba en cenas de gala.

Americana beige. Camisa blanca sin corbata. Zapatos limpios, pero no brillantes.

El look de quien quiere caer bien sin llamar la atención.

En el número 38, AlternaGroup tenía su sede en la segunda planta. Legalmente se dedicaban a «asesoría de inversiones en energías renovables».

En realidad, eran una de las pantallas del grupo Rakitin.

Sobre el papel, una cena de inversores.

En la práctica, dos horas sentado a un metro de la mano que había firmado su muerte.

No vio al hombre que lo seguía a cien metros de distancia.

Petrov caminaba con las manos en los bolsillos, la cabeza un poco agachada, invisible entre la multitud.

Había aprendido a fundirse con el paisaje urbano antes de aprender a leer. Era su primera habilidad. Y la más útil.

El español caminaba con confianza.

Demasiada.

No miraba atrás. No comprobaba reflejos en los escaparates. No variaba su ruta.

Error.

Petrov memorizó cada detalle. La forma en que Alejandro inclinaba la cabeza al pensar. El ritmo de sus pasos. La mano izquierda que de vez en cuando rozaba algo bajo la manga.

Un cordón. Rojo.

Lo había visto antes, en las fotos de vigilancia.

Un talismán. Una debilidad.

Alejandro entró en el edificio.

Petrov se quedó en la acera de enfrente, fumando.

Una chica con una copa en la mano salió del portal de al lado y se le acercó.

Ella le miró el cigarro encendido entre los dedos, y se fue sin discutírselo.

Esperaría.

Tenía toda la noche.

17 · DE 27

CINCO HOMBRES

La sala privada tenía paredes de cristal ahumado, una mesa redonda con mantelería blanca y vajilla de diseño, y cinco hombres que ya llevaban al menos una copa encima.

Alejandro saludó con la mano al diputado Ignacio Ballester.

Sonrisa blanca. Barba bien perfilada. Camisa azul marino.

La piel morena de rayos UVA en octubre, de un color que no existe en ninguna playa y que en el Congreso pasaba por salud.

Las manos suaves, de quien no ha cargado nunca con nada que no fuera una cartera, y que sin embargo sabían dónde ponerse debajo de una mesa.

La boca demasiado entrenada, que sonreía antes de que él decidiera sonreír.

Y los ojos marrones, vivos, que le miraban a los labios cuando Alejandro hablaba y volvían a los ojos justo a tiempo.

Casi siempre a tiempo.

Le gustaba el dinero fácil y las caras nuevas.

Aquella temporada, la cara nueva era la de Alejandro.

Mientras Ballester hablaba, Alejandro ya estaba leyendo la sala. Era automático, como un escáner que no podía apagarse.

El hombre de piel nórdica a la izquierda: un castellano forzado, pero con apenas un poso de acento. Solo se trababa en las erres.

La cara de la foto sin círculo.

Joven para mandar en aquella mesa. Y mandaba, con esa manera de no levantar la voz que solo tienen los que nunca han necesitado levantarla.

El traje claro, en octubre, como una provocación que se podía permitir porque nadie en aquella mesa iba a decirle que estaba fuera de temporada.

Y los ojos claros, casi transparentes, que no consultaban a nadie.

Los consultaban a él.

No era la cara de un hombre que hace daño.

Era la cara de un hombre que lo manda hacer, y después pregunta si ha ido todo bien.

El nervioso de la derecha: toqueteaba la servilleta sin parar, sudaba por las sienes, evitaba contacto visual con el ruso. Le debía dinero o favores.

El empresario del fondo: reloj demasiado caro para su traje, uñas mordidas, alianza de boda que no dejaba de girar en su dedo.

Matrimonio como tapadera. Infiel, casi seguro.

18 · DE 27

LA PIEL

La cena avanzó entre platos servidos con esmero y conversaciones de apariencia técnica.

Pero Alejandro no escuchaba las palabras.

Escuchaba los silencios. Las pausas. Los cambios de tono.

Al tercer plato, el ruso dejó caer el mensaje.

Alejandro giró la cabeza hacia él con lentitud. No fingió sorpresa. Solo curiosidad controlada.

Alejandro sonrió.

Observó las reacciones. Las manos.

El nervioso bajó la vista: desalineado.

El ruso se quedó inmóvil: control entrenado, militar o inteligencia.

Ballester apretó la copa: ansiedad, necesita que esto salga bien.

Ballester estaba endeudado con los Rakitin. El nervioso era su enlace local, y casi seguro le lavaba el dinero. El ruso era Laurent Rakitin, el sobrino, el que reportaba a Berlín.

Y él, Miguel Valcárcel, era el nuevo candidato a reclutamiento.

O eso pensaba él.

Lo supo antes de que sirvieran el postre.

Lo que Alejandro no podía saber —lo que ningún escáner, por afilado que fuera, alcanzaba a leer— era que el ruso de ojos claros no lo estudiaba como a un candidato.

Lo estudiaba como se estudia a un hombre al que ya se ha condenado: con la curiosidad tranquila del que quiere ponerle cara, una última vez, a un nombre que, en poco tiempo, formaría parte del apartado de sucesos de los periódicos.

Laurent Rakitin había firmado aquella sentencia días atrás, y la mano que iba a ejecutarla esperaba en ese mismo momento en la acera de enfrente, fumando, con toda la noche por delante.

La cena no era un reclutamiento.

Era un velatorio adelantado.

Y de los hombres que se sonreían por encima del mantel, solo uno sabía quién era el muerto.

Al final de la cena, Ballester se inclinó hacia él.

Se despidió con cortesía, añadiendo que tenía un tema al día siguiente a primera hora.

Cuando ya tienes lo que habías venido a buscar, has de evitar exponerte, y cada minuto más de lo necesario juega en tu contra.

19 · DE 27

EL ASCENSOR

El ascensor era de los antiguos. Madera barnizada, espejo con el azogue picado, y una reja de tijera que había que cerrar a mano.

Tardaba en cerrarse lo que dos hombres tardan en decidir algo.

Ballester la cerró.

Pulsó el cero y, antes de que el ascensor terminara de arrancar, ya tenía la mano en la nuca de Alejandro.

Lo besó como besan los hombres que no besan nunca en público: con hambre atrasada, con la lengua sabiendo a Rioja y a postre, apretándole contra el espejo con todo el cuerpo del gimnasio.

Alejandro le dio la boca entera, abierta, con la lengua en el sitio y el tiempo en el sitio, y le puso una mano en la cintura para que el diputado sintiera que allí había alguien.

Era su método: la boca se daba pronto y bien, porque la boca no compromete nada, y lo demás se administraba a plazos, según lo que hiciera falta sacar.

La mano de Ballester bajó del cuello al pecho, y del pecho a la hebilla, y empezó a tirar.

Alejandro le cogió la muñeca sin apartar la boca.

Sonó el cero, y Alejandro abrió la reja él mismo, con la misma mano que le había parado la muñeca, sin dejar de sonreírle.

Salieron al portal con la respiración bien puesta, cada uno la suya.

En la acera esperaba un coche oficial con el motor en marcha. Ballester le apretó una vez más la nuca, un gesto de dueño que no lo era, y se metió dentro.

Alejandro se quedó solo en la calle.

Encendió un cigarro. Le supo a trabajo hecho.

Caminó por la calle Alfonso XII con paso tranquilo.

No vio a Petrov en las sombras, a veinte metros, observándolo.

Petrov sí había visto la mano del diputado en el cuello del español, en la luz del portal, dos segundos.

Y de aquella mano lo único que le interesaba era dónde se había puesto.

En el cuello.

Justo ahí.

20 · DE 27

PRÍNCIPE DE VERGARA

Al filo de la medianoche, Ethan caminaba por la calle Príncipe de Vergara.

Manos en los bolsillos. Abrigo entallado hasta el cuello.

Desde Matrix, la película de 1999, los abrigos largos se habían vuelto uniforme de los que aspiraban a distinguirse de forma ordenada.

Las farolas dibujaban sombras largas en el asfalto.

Se detuvo junto a una papelera. Fingió revisar el teléfono. Observaba a través del reflejo en el cristal de una óptica.

Y entonces lo vio.

Un hombre caminaba por la acera opuesta. Solo. Paso relajado. Americana beige y un cigarro encendido que iluminaba su cara con cada calada.

El chico del Pepe Botella.

Y entonces la cabeza hizo lo que hacía siempre, solo que esta vez en la dirección correcta.

Americana beige. Ropa de cena de inversores. Venía de Alfonso XII, del número 38, de la mesa de AlternaGroup.

Postura relajada pero alerta: entrenamiento. Dirección: norte. Hora: 00:17.

Hombre joven. Sin identificar. Entorno Rakitin.

El mensaje de la mañana se le encendió entero detrás de los ojos.

El chico de los ojos negros que le había leído como a un expediente no era un chico de bar.

Era el agente del CNI.

Miguel, o como se llamara de verdad.

Ethan se quedó quieto junto a la papelera, con el teléfono muerto en la mano, y sintió que la primera pieza caía en su sitio sin ruido, que es como caen las que hacen daño.

La segunda tardó cuatro segundos.

Caminaba con esa calma estudiada de quien sabe que puede estar siendo observado pero no le importa. Se detuvo un segundo para dar otra calada al cigarro. Una mirada rápida hacia ambos lados de la calle.

Sin prisas. Sin miedo.

Y entonces Ethan vio otra cosa.

Una sombra.

Cien metros detrás de él. Moviéndose al mismo ritmo.

Demasiado sincronizada para ser casual.

Alguien lo estaba siguiendo.

La sombra pasó bajo una farola por un segundo.

Pelo rubio casi blanco. Complexión delgada. Movimientos de depredador.

Nueve años.

Nueve años, un informe de una página, y ahí estaba, cruzando una farola de Príncipe de Vergara como si no hubiera pasado nada.

Parece que está siguiendo a alguien.

Ya sabía a quién.

Rakitin había enviado a Petrov a matar al chico del Pepe Botella.

Tocó el anillo.

Una vez.

Dos.

Tres.

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OBSERVA Y REPORTA

Decisión.

No podía intervenir. No ahora. Revelaría su posición. Comprometería la misión.

Pero años de entrenamiento le habían enseñado a esperar. A calcular. A elegir el momento.

Sacó el teléfono. Escribió un mensaje cifrado para Dalia:

«Objetivo: agente CNI. Posible eliminación inminente. Solicito autorización para intervenir.»

Pulsó enviar.

La respuesta llegó antes de que le diera tiempo a guardarse el teléfono. Ni un saludo, ni una pregunta, ni un margen:

«Negativo. No interfieras. Observa y reporta.»

Ethan leyó las seis palabras dos veces.

Podía cruzar la calle en once segundos.

Podía tropezarse con él, pedirle fuego, y aquello se acababa esa misma noche.

Y podía, con el mismo gesto, quemar tres años de trabajo, señalarse ante Berlín y ponerle a Petrov delante la única cara que Petrov no debía volver a ver en su vida.

Se quedó en las sombras, mirando al chico desaparecer por una calle lateral.

Y a Petrov seguirlo.

Alejandro no pareció darse cuenta de que lo estaban vigilando desde dos ángulos distintos.

22 · DE 27

LA MADRIGUERA

Aquella noche Petrov entró en el portal de Alejandro por primera vez.

No para hacerlo. Para verlo.

Esperó a que la luz del segundo izquierda se encendiera, y a que se apagara la de la escalera. Cuarenta y cinco segundos, contados dos veces para estar seguro.

La cerradura era de las de antes, de esas que se abren con paciencia y con una tarjeta de plástico si uno tiene la mano quieta.

Tardó menos de lo que tarda alguien en encender un cigarro.

Dentro olía a lejía y a la comida de otra gente, que es como huelen todos los portales del mundo a esa hora de la noche.

Contó.

Doce escalones hasta el primer rellano, un descansillo con una ventana que daba a un patio interior, y la luz de la escalera, de esas que se apagan solas cuando uno menos lo necesita.

El buzón del segundo izquierda no tenía nombre.

Ese era el suyo.

Petrov subió hasta el segundo y se quedó de pie delante de la puerta.

Al otro lado se oía correr el agua de una ducha.

La cuarta del día, aunque eso Petrov no podía saberlo.

Se quedó escuchando el agua con la mano apoyada en el marco, muy quieto, más tiempo del que aconseja el oficio.

Como se escucha respirar a alguien que duerme, sabiendo que uno podría hacer que dejara de respirar.

Después subió al tercero, se sentó en el último escalón, en el tramo donde la bombilla estaba fundida, y se quedó ahí a oscuras.

Era el sitio perfecto.

Se ve la puerta y no te ve nadie. Hay dos salidas. Y por la ventana del patio se llega a un tejado que da a la calle de atrás.

Se aprendió el edificio entero en cuatro minutos.

Abajo, el agua dejó de correr.

Petrov bajó sin hacer ruido, cerró el portal y se fue a dormir.

Hoy no.

Pero ya era una casa que se sabía de memoria, y eso, en su oficio, es la mitad del trabajo.

La otra mitad la llevaba envuelta en una toalla, debajo de la almohada.

23 · DE 27

EL VESTUARIO

Domingo. Diez de la noche.

El gimnasio de Alejandro era de los de barrio, con las máquinas de segunda mano y el olor a goma y a cloro de piscina, y cerraba a las once.

Petrov pagó una entrada suelta en la recepción con un billete arrugado y un castellano de cuatro palabras.

El chaval del mostrador le dio el recibo sin mirarle a la cara. En aquella ciudad nadie miraba a nadie a la cara, y era lo que más le gustaba de Madrid.

Subió con la bolsa al hombro y se sentó en un banco de remo desde el que se veía la sala entera.

Alejandro estaba en la última fila, con la camiseta negra empapada y pegada a la espalda, haciendo dominadas en una barra con el mismo ritmo exacto con el que hacía todo lo demás.

Doce. Descanso. Doce. Descanso.

Petrov las contó con él, desde el banco de remo, moviendo apenas los labios, como se cuenta lo que uno va a tener que repetir de memoria.

A las once menos cuarto Alejandro bajó al vestuario.

Petrov esperó cuatro minutos y bajó detrás.

El vestuario era de azulejo blanco y bancos de madera, con las duchas al fondo, sin cortinas, seis grifos en fila, y una luz de fluorescente que no perdonaba a nadie.

Hacía calor.

En el suyo, a las afueras de Moscú, no había calefacción.

Se sentó en el banco de la fila de atrás, de espaldas a las taquillas y de frente a las duchas, y se descalzó despacio, un zapato y luego el otro, con toda la noche por delante y ninguna intención de gastarla.

Alejandro estaba en la tercera ducha, de espaldas, con las dos manos apoyadas en la pared y la cabeza baja, dejando que el agua le cayera donde quisiera.

El agua le caía en la nuca y le bajaba por la espalda entera, siguiendo la línea del centro hasta perderse.

Se enjabonaba con método. El cuello. Los hombros. El pecho. Las axilas, los brazos, uno y después el otro, el mismo tiempo cada uno, medido.

En la muñeca izquierda, bajo el agua, el cordón rojo. No se lo quitaba ni para eso.

Petrov lo miraba como se mira un mapa.

El sitio exacto donde el cuello se junta con el hombro, donde se ve latir la vena cuando el agua está muy caliente.

La distancia entre las costillas.

La manera de apoyar el peso en la pierna izquierda cuando se lavaba la derecha.

Y en algún momento, sin permiso, dejó de mirarlo como un mapa.

El cuerpo se le puso duro debajo de la toalla que tenía en las rodillas, y lo odió, y no apartó la vista.

Porque no era deseo. O no era solo eso.

Era que aquel hombre era guapo y estaba vivo y no lo sabía, y Petrov era el único en el mundo que tenía esas tres cosas juntas en la cabeza al mismo tiempo.

Se mordió por dentro la mejilla hasta que le llegó el sabor.

Hierro.

Alejandro cerró el grifo.

Se quedó un segundo quieto, con la cabeza inclinada, escurriendo.

Y entonces se llevó la mano a la nuca.

El cosquilleo.

Se giró.

El vestuario estaba vacío. Un banco. Unas taquillas. Un charco en el suelo, junto a la puerta, con la forma de un pie descalzo, de alguien que había salido sin ducharse.

Lo registró.

Como registraba todo lo que no cuadraba.

Se secó, se vistió en el orden de siempre, y al salir a la calle contó los pasos hasta la esquina.

Cincuenta y seis.

En la acera de enfrente, un hombre con la bufanda subida hasta la boca escupió sangre en una alcantarilla y se fue andando en dirección contraria.

Ya sabía dónde estaba el cuello.

24 · DE 27

LA DECENCIA DE ACERCARTE

Lunes. Diez y cincuenta de la mañana.

Alejandro subió en el ascensor panorámico del Corte Inglés de Nuevos Ministerios.

El edificio era un monstruo de hormigón y cristal plantado junto al paseo de la Castellana. Símbolo de la España moderna que se miraba al espejo y se gustaba.

Desde la azotea se veía todo Madrid: la torre Picasso, el Bernabéu, el edificio Windsor, las cuatro torres que aún no existían pero que ya se planeaban en los despachos.

La cafetería era amplia, luminosa, con mesas de formica blanca y sillas de plástico naranjas.

Olía a café de máquina y a bollería industrial.

Nada glamuroso.

Perfecto para pasar desapercibido.

Ballester ya estaba allí, sentado junto a la cristalera, con un café con leche y un cruasán a medio comer que había dejado el platillo lleno de hojaldre, en un desorden que Alejandro iba a tardar cuarenta minutos en dejar de mirar.

A su lado, dos hombres que Alejandro no reconoció. Uno llevaba traje gris y gafas de montura metálica. El otro, más joven, vestía informal: vaqueros, camisa blanca, chaqueta de ante.

La conversación fluyó durante veinte minutos: permisos, plazos, «comisiones de gestión».

Todo dicho con eufemismos elegantes.

Y entonces, a las 11:15, alguien más llegó.

Un hombre alto, con abrigo oscuro y paso seguro.

Llevaba gafas de sol aunque estaban en el interior.

Se las quitó al acercarse a la mesa.

Alejandro levantó la vista.

Era él. El hombre del Pepe Botella. Los ojos azules. El anillo de acero.

Gabriel.

Buscó una pared que contar. Formica blanca. Nada.

Ethan extendió la mano.

Alejandro la estrechó.

El contacto fue breve. Pero real.

El pulso de Alejandro latió contra el de Ethan un segundo más de lo necesario.

El mismo dedo que había trazado círculos en el mármol del Pepe Botella ahora rozaba la piel de un hombre al que no debería volver a tocar.

Sus ojos se encontraron. Ninguno parpadeó.

Alejandro asintió, sin apartar la mirada de Ethan.

Ethan sonrió, pero no llegó a los ojos.

Ballester rio, incómodo.

La reunión continuó durante otros treinta minutos.

Ethan y Alejandro apenas se dirigieron la palabra, pero cada comentario que hacían parecía dirigido al otro.

Una conversación paralela, codificada, donde cada frase era una estocada disfrazada de cortesía.

Cuando la reunión terminó, Ballester se despidió con prisas. Germán y Javier se fueron con él, dejando un rastro de charla vacía y promesas de «seguir en contacto».

Ethan y Alejandro se quedaron solos en la mesa.

A su alrededor, la cafetería seguía su ritmo: madres con carritos de bebé, jubilados leyendo el periódico, adolescentes con bolsas del Zara.

Nadie prestaba atención a los dos hombres que se miraban como si estuvieran jugando al ajedrez sin tablero.

La cafetería olía a café recalentado y a tabaco, como olía entonces todo Madrid a media mañana.

Alejandro soltó el humo despacio, una sonrisa peligrosa en los labios.

Ethan no respondió. Tocó el anillo en su dedo, un gesto que Alejandro registró.

Se miraron. Ninguno cedió.

Ethan arqueó una ceja.

Se echó hacia atrás.

No era la primera vez que alguien lo trataba de leer, pero sí la primera vez que temía que lo hicieran bien.

Dejó la taza.

Alejandro sonrió, pero no fue una sonrisa amable.

Alejandro aplastó el cigarro en el cenicero, con más fuerza de la necesaria.

Alejandro se levantó, dejando unos billetes en la mesa.

Alejandro se inclinó, acercándose lo suficiente para que solo Ethan pudiera oírlo.

Su aliento rozó la oreja de Ethan.

Cálido.

Y se fue.

25 · DE 27

LO QUE ALEJANDRO NO SABÍA

Ethan se quedó sentado.

La próxima vez que me mires desde el otro lado de la calle.

Miguel lo había visto.

Dos noches antes, en Príncipe de Vergara.

Lo había visto y no había dicho nada hasta ahora.

Lo que significaba que Miguel también estaba vigilando.

Lo que significaba que Miguel, que no se llamaba Miguel, sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Y lo que significaba, sobre todo, que ninguno de los dos era quien decía ser.

Pero había algo que Alejandro no sabía.

No sabía que Ethan no era el único que lo miraba desde el otro lado de la calle.

No sabía que había una sombra más peligrosa siguiéndolo.

No sabía que Petrov llevaba días memorizando sus rutas, sus horarios, sus puntos ciegos.

Y no sabía que esa noche, cuando volviera a su apartamento, habría alguien esperándolo en las sombras del portal.

Ethan sacó el teléfono.

Escribió un mensaje cifrado:

«Confirmado. El agente del CNI es el contacto de Ballester. Nombre tapadera: Miguel Valcárcel. Nivel de amenaza: alto. URGENTE: Petrov lo está siguiendo. Creo que tiene orden de eliminarlo. Solicito autorización para advertirle.»

Pulsó enviar.

La respuesta llegó en treinta segundos:

«Negativo. No interfieras. Observa y reporta.»

Ethan miró el mensaje.

Luego miró por la ventana.

El chico acababa de salir del edificio. Caminaba hacia la Castellana con paso tranquilo.

Y cien metros detrás, una sombra delgada con pelo rubio casi blanco lo seguía.

Ethan apretó el anillo hasta dejarse la marca.

Tenía una orden directa.

Pero también tenía algo que las órdenes no podían controlar.

Una deuda.

Un recuerdo.

Un cuerpo que no respiraba en un cuarto helado de Moscú.

Y un hombre con ojos oscuros que no sabía que iba a morir.

26 · DE 27

EL PRECIO

Alejandro no fue a casa.

Bajó por la Castellana, cogió el metro en dirección contraria a la suya y a las siete de la tarde estaba en una sauna de Chueca, con una toalla en la cintura y una llave de taquilla en la muñeca, al lado del cordón rojo.

Buscó a alguien que no se pareciera en nada.

Ni en la altura, ni en la edad, ni en la manera de mirar a un hombre desde el otro extremo de un pasillo con vapor.

Lo encontró rápido, porque siempre se encuentra rápido. Moreno, bajo, de manos pequeñas, con un tatuaje mal hecho en el hombro. Un chaval que se reía por todo y olía a gel de supermercado.

Todo lo contrario.

Ese era el punto.

Lo llevó a la sala de vapor, que a esa hora estaba vacía y olía a eucalipto y a desinfectante, y lo puso contra la pared sin preguntarle el nombre ni dejarle preguntar el suyo.

Lo hizo como hacía todo: con método, con la respiración medida y con los ojos abiertos.

La mano abierta en la nuca del chaval, apretándole la cara contra el azulejo mojado. La otra en la cadera. El ritmo suyo, no el del otro, y el chaval agradeciéndolo en un castellano de barrio que Alejandro no escuchó.

Aquello era lo que sabía hacer.

Lo que llevaba trece años haciendo por trabajo, sin dejar rastro y sin sentir.

Y mientras lo hacía, con la barbilla apoyada en el hombro del chaval y los ojos abiertos, empezó a contar los azulejos de la pared de enfrente, que es lo que hacía siempre en los sitios donde no quería estar del todo.

Dieciséis en la primera fila.

Dieciséis en la segunda.

Y a la tercera perdió la cuenta.

No la perdió por el chaval.

La perdió porque se le había metido en la cabeza un anillo de acero girando entre un pulgar y un índice, una vez, dos, tres, y aquello era mucho más obsceno que nada de lo que estaba pasando contra aquella pared.

Terminó igual.

El cuerpo siempre termina.

Salió a la calle a las ocho, con el pelo mojado y el mismo hueco exacto que había traído, y encendió un cigarro.

En trece años no había perdido la cuenta ni una sola vez.

27 · DE 27

TRES MENTIRAS

En tres puntos diferentes de Madrid, tres hombres miraban el mismo cielo sin estrellas.

Alejandro, en su apartamento de Malasaña, tumbado en la cama con la ropa puesta, contando las grietas del techo porque era mejor que contar las mentiras que había dicho esa tarde.

Pensando en ojos azules y en anillos de acero y en preguntas que no debería haber hecho.

Ethan, en su ático de Chamberí, con los ojos cerrados pero sin dormir, escuchando el ruido de su propia mente que no paraba de saltar de un pensamiento a otro.

Miguel, CNI, misión en curso, Rakitin, Petrov, Moscú —no pienses en Moscú—, Miguel, que no se llama Miguel, el círculo de agua en el mármol.

Para.

Y Petrov, en su pensión cerca de Sol, limpiando un arma que no necesitaba limpieza, mirando las fotografías que ya se sabía de memoria.

Dejó la finka encima de las fotos, con el filo hacia arriba, como le habían enseñado a dejarla.

Se levantó.

Se subió la bufanda hasta la boca, envolvió la navaja en la toalla, se la metió en la cazadora, y bajó las escaleras de dos en dos.

Esta vez no salía de copas.

Tres hombres.

Tres mentiras.

Tres mentiras.

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