El Pepe Botella — Tres Silencios
En Plaza del Dos de Mayo
Madrid despedía la luz de Velázquez
mientras sus edificios gozaban
de su última caricia.
EL PAPEL DOBLADO
En un banco de aquella plaza había un hombre al que nadie miraba.
Pasaba por uno más.
Llevaba seis días en la ciudad. Había bajado de un tren en Chamartín con una bolsa de lona al hombro y un encargo. Desde entonces dormía poco, no hablaba con nadie y lo miraba todo.
Esa tarde estaba en Malasaña. Se había sentado en un banco y llevaba cuarenta minutos sin cambiar de postura, observando, acechando.
Dentro de la bolsa, envuelta en una toalla y partida en tres piezas, viajaba la única cosa a la que le tenía algo parecido al cariño. Una pistola con silenciador, vieja, con las cachas pulidas por el uso.
Se la pusieron en las manos a los dieciséis años, en un cuarto helado a las afueras de Moscú, y le hicieron montarla y desmontarla a oscuras, con los dedos agarrotados por el frío, hasta que pudiera hacerlo dormido.
Aquellos inviernos le programaron para no temblar.
Llevaba la bufanda subida hasta la barbilla y los ojos grises muy quietos, moviéndose solo lo justo. La gente que pasaba cerca apartaba la vista sin saber por qué.
Esta vez no le habían pedido la pistola.
En el bolsillo del abrigo llevaba un papel doblado en cuatro con un nombre escrito a máquina. Le habían pedido navaja y una noche en la que todo pareciera un accidente.
Un trabajo de aficionados.
Pero nunca había tenido el privilegio de elegir.
Encendió un cigarro y lo dejó consumirse entre los dedos casi entero, que era su manera de contar el tiempo.
Al otro lado de la plaza, había un bar pequeño, anciano, con el rótulo medio roto y una terraza de mesas metálicas.
La ventana empezaba a encenderse por dentro.
No la miraba por casualidad.
Llevaba días siguiendo a su objetivo.
Ahora solo le faltaba elegir la noche.
BERLÍN, SEIS DÍAS ANTES
La orden se la habían dado seis días antes, en Berlín, en el despacho de una antigua fábrica, rehabilitada en uno de los mejores antros de música techno de la ciudad.
Viktor Rakitin no levantaba la voz nunca. Un hombre de cuarenta y tantos, delgado, con la raya del pelo trazada a regla y las manos limpias de un contable de provincias.
Firmaba las muertes como asientos en un balance.
Mientras hablaba fue colocando el cenicero, el mechero y el vaso en una línea recta sobre la madera.
Luego corrigió el vaso.
Un centímetro exacto.
Tenía delante a Petrov, de pie. A su lado, en un sillón, un tercer hombre mucho más joven, de traje claro y modales de hotel caro, escuchaba sin decir nada. Viktor lo miraba de reojo cada dos frases, como se mira a un heredero que todavía no te convence.
—Hay un problema en Madrid —dijo Viktor, en ruso—. Pequeño. Pero si no se corta a tiempo, se puede volver grande. Un español anda oliendo dónde ponemos el dinero, y ha visto una cara de más, donde no tocaba.
—¿Un balazo? —preguntó Petrov.
—No. No queremos llamar la atención.
Movió el cenicero un dedo hacia la izquierda. Luego lo devolvió a su sitio.
—Estamos a punto de firmar cosas en ese país, con políticos. Gente que se asusta con facilidad.
—Entiendo.
—Quiero un accidente. Un atraco que se tuerce, un navajazo de barrio, un yonqui con un mal día. Que la policía española le dé carpetazo en una semana.
Petrov esperó. Con Viktor siempre había una frase más, y esa era la más importante.
—¿Puedes hacerlo así?
—Puedo hacerlo como mandes.
—Lo sé. Por eso vas tú. Los detalles te los da mi sobrino.
En España manda él. A partir de que cruces la frontera, sus órdenes son las mías. No lo olvides.
Es joven, pero es un Rakitin
Alineó el vaso otra vez, aunque ya estaba alineado.
—No se duda de un Rakitin.
El hombre del sillón sonrió por primera vez, una sonrisa educada que no le llegó a los ojos, y se levantó. De cerca era todavía más pulcro.
Las uñas cuidadas, el reloj sobrio, un acento sin patria de los que se aprenden en internados y aeropuertos.
—Laurent —se presentó, tendiéndole una mano que Petrov estrechó sin ganas—. No te preocupes por mi tío. Es un hombre antiguo. Tú y yo nos entendemos.
Lo dijo en un ruso perfecto y con una seguridad que a Petrov, que hacía tiempo que conocía a los hermanos Rakitin, le puso los pelos de punta.
Cuando Viktor salió un momento del despacho, Laurent cambió el tono.
—Mi tío dice que eres el mejor que ha tenido. Que no preguntas, que no fallas, que no dejas rastro.
—Y que no tienes nada que perder.
Se sentó en el borde de la mesa con la intención de seguir de pie.
—A mí eso me parece peligroso. Un hombre sin nada que perder es un problema aplazado.
—¿Me vas a dar la información?
Respondió Petrov sin reaccionar.
Laurent le mostró una carpeta.
—Antes de que deshagas la maleta en Madrid, ya sabrás dónde vive, donde trabaja, qué bares frecuenta, dónde va al gimnasio…
—¿La fuente?
—De confianza.
Laurent no revelaba ese tipo de cosas. Al fin y al cabo Petrov era de los hermanos, no suyo. Cerró la carpeta con dos dedos, y se la entregó.
—Hazlo limpio y rápido. Sin testigos.
Petrov cogió la carpeta y no la abrió.
—Una última cosa, y esta es mía, no de mi tío. —Laurent se estiró el puño de la camisa—. No te encariñes con la ciudad. Madrid es peligrosa de noche para los de tu oficio.
—Ve, hazlo, y vuelve.
Petrov no contestó.
De los Rakitin, al que tenía de verdad no era ninguno de estos dos.
LA PLAZA
En Malasaña la tarde se deshacía en la boca de la noche.
El barrio vibraba con una juventud esperanzada. Bares pequeños de ambiente denso. Grafitis frescos sangrando sobre muros antiguos. Las plazas rebosaban de chavales con litronas calientes en las manos, las risas mezcladas con el sonido irregular de una guitarra mal afinada.
Porro y tabaco ambientaban la escena como un incienso urbano, y el perfume se enredaba con el olor a cerveza derramada y con el ruido de pasos inseguros sobre aceras imperfectas.
En la plaza del Dos de Mayo los coches ya no entraban. En su lugar, los críos jugaban al fútbol con pelotas gastadas y gritaban nombres de jugadores famosos como si al decirlos en voz alta pudieran convertirse en ellos algún día. Corrían sin miedo, con las zapatillas medio rotas y las rodillas llenas de polvo.
Las motos trucadas entraban y salían haciendo un ruido estridente, domadas por chavales que se sentían invencibles. Una generación resacosa de la movida muerta hacía años, de actitud valiente y mirada chulesca, que todavía no había aprendido a perder.
Los borrachos se alzaban envalentonados por el alcohol y por una tristeza que no sabían nombrar. Reían fuerte y miraban al cielo como si tuvieran una deuda con las estrellas.
Las parejas se pegaban a los muros y se besaban con urgencia, escondiendo secretos de oídos que nunca andaban lejos.
Era una energía caótica y libre.
Bajo la luz íntima de las farolas, todo parecía posible.
Los críos, las motos, los borrachos…
Nada perturbaba a Alexei Petrov.
LA CIUDAD QUE NO ERA DE NADIE
Madrid, en 2001, era una ciudad que creía que la fiesta no se acababa nunca, y esa fe ciega la hacía única, bendita, eterna.
Aún se pagaba en pesetas. En los escaparates de los bancos ya colgaban carteles con las monedas nuevas, redondas y frías.
El euro entraría en casa como pariente al que nadie ha invitado. La gente hacía cuentas dobles en la cabeza.
Esto son mil pelas.
Esto son seis euros.
Nadie se creía todavía que la moneda de toda la vida se le pudiera poner fecha de caducidad.
Se construía en cada esquina. Grúas sobre los tejados. Solares abiertos como muelas arrancadas. Ladrillo visto trepando por las afueras hacia una promesa de clase media con plaza de garaje.
En los ayuntamientos se recalificaban terrenos con una firma en un restaurante.
La construcción tragaba todo el dinero que no cabía en ningún sitio limpio.
Era un país que se contaba a sí mismo una historia esperanzadora.
Acababan de meter en la cárcel a un banquero que se había creído más fuerte que el Estado.
La gente respiró aliviada, como quien salda la cuenta de todos con la nómina de uno solo.
Nadie quería mirar los cimientos mientras el edificio siguiera subiendo.
Las cabinas tragaban monedas en las esquinas. Los móviles eran todavía un lujo que se sacaba en los bares con un orgullo tímido.
Se fumaba en todas partes.
Y sobre todo aquello planeaba una sombra nueva. Era el otoño en que el mundo entero había aprendido a tener miedo a los aviones, la gente comenzó a tener miedo de todo.
La noche, que en aquella ciudad no era una hora sino un país. Madrid no dormía por principio, casi por ideología, como si cerrar los ojos fuera una forma de rendición. Se salía a las once y se volvía con el lechero.
Nada de aquello ha sobrevivido.
La peseta es una pieza de museo.
Las cabinas desaparecieron.
En los bares ya no se fuma.
Lo que se acabó no fue la fiesta. Fue la sensación de que la ciudad no le pertenecía a nadie, y la podía disfrutar cualquiera.
Se acabó la verdadera libertad.
Uno puede volver a Madrid cuando quiera.
A aquel Madrid, no.
EL PEPE BOTELLA
El número 3 de la plaza albergaba el Café Pepe Botella.
Un bar con terraza de mesas metálicas que respiraba como un anciano, cargado de memoria.
Era pequeño y acogedor.
Las mesas de dentro, redondas de madera y mármol, con las vetas grises contando historias de noches largas que pocos recordaban.
Las luces anaranjadas proyectaban sombras que bailaban en las paredes, tapizadas de carteles de cine español ajados por el tiempo. Las estanterías sostenían botellas polvorientas, testigos de años de risas y de llantos.
Olía a perfume dulzón, a café requemado, a madera húmeda y a la clase de secreto que solo se guarda entre profesionales.
La música salía de unos altavoces exhaustos como un collage popular. El flamenco se alternaba con pop británico. El rock daba paso a las baladas de cantautor que el bar agradecía noche tras noche.
El hielo chocaba en los vasos, mientras se servían copas a una generación de rebeldes, que bebía con la urgencia de quien sabe que la noche es efímera.
Nosotros lo llamábamos el confesionario, y no por lo que os imagináis.
Era por la forma de la barra, que hacía un recodo al fondo donde solo cabían dos y donde no llegaba la luz naranja de las lámparas.
Ahí se dijeron cosas aquellos años que no se han vuelto a decir en ninguna parte.
En aquel local se habían escrito guiones que más tarde triunfarían en pantallas de medio mundo.
Con unos créditos que nunca mostrarían las negociaciones carnales que decidían quién llegaba al estrellato y quién se quedaba en el camino.
Allí alternábamos con directores y guionistas, y nadie preguntaba el apellido de nadie.
Esa regla se puso sola, que es como se ponen las que realmente se cumplen.
Allí, ser gay no solo no estaba mal visto. Te facilitaba el acceso a una nueva forma de aristocracia que se abría paso, a codazos, a principios de milenio.
Fuera te podían partir la cara en una boca de metro, y lo hacían.
Dentro te servían la copa antes de que la pidieras.
La gente cree que aquello fue una fiesta.
Era una trinchera con música.
A esa hora de viernes el aforo se colapsaba de una forma casi perfecta.
Cuerpos suficientes para rozarse sin querer.
Y huecos caprichosos para mirar sin ser visto.
Era el lugar perfecto para que dos hombres se conocieran sin ser vistos.
DIECIOCHO
Alejandro Herrera llevaba cuarenta minutos en su posición.
No estaba allí por casualidad. El CNI había detectado movimientos entre un agente del Mossad y gente de la mafia rusa, y necesitaba descartar que un servicio extranjero estuviera operando en territorio nacional más allá de recabar información. Que el Mossad husmeara a los Rakitin en Europa no les quitaba el sueño.
Que lo hiciera en Madrid, sin llamar al timbre, sí.
Ocupaba la mesa junto al ventanal, donde el cristal aún guardaba el calor del día, tibio al tacto. El café humeaba en una taza gruesa y blanca, con una grieta fina en el borde, y él lo preparaba con su liturgia: un azucarillo entero, volcado sin mirar, y medio más.
Tres vueltas de cucharilla.
Ni una menos.
El medio sobrante quedaba erguido contra el salero como un centinela olvidado.
Siempre se preguntó dónde iría a parar ese medio azucarillo.
Había ordenado la mesa como ordenaba todo lo que podía ordenar. La taza alineada con el borde del plato. La cucharilla paralela. Una servilleta de papel de las que no valen para nada, doblada en un triángulo exacto.
Contó los azulejos de la pared por tercera vez esa noche.
Dieciocho. Una y otra vez, dieciocho.
El orden lo calmaba. Los números eran lo único que no cambiaba de versión. Cuando la tensión subía, las cuentas se multiplicaban.
Verificar las cerraduras tres veces, contar los pasos hasta la salida más cercana, alinear cada objeto al milímetro. En el CNI lo sabían.
Constaba en su expediente, con nombre técnico y todo.
Y constaba también que esa misma necesidad de que el mundo estuviera colocado lo hacía único.
Un hombre que no deja nada al azar es caro de fabricar y difícil de reclutar.
Prefería el borde de la sala. Desde ahí controlaba la entrada, la barra y la puerta trasera. Nunca dar la espalda a una salida. Eso lo aprendió de una familia de militares.
Su objetivo no tenía nombre. Un agente del Mossad, cuarenta y muchos, veterano de operaciones en Rusia y en el Este, con la costumbre de aparecer por allí los viernes. Alejandro debía confirmar sus contactos, medir sus movimientos, averiguar a qué había venido, y salir de allí sin que nadie recordara su cara.
Le pesaban los párpados. Hacía tres noches que no pegaba ojo.
Algo en aquella misión no terminaba de encajar.
ALEJANDRO HERRERA
Treinta y cuatro años.
Un cuerpo definido y duro, sin un gramo de más. Trabajado con disciplina militar en el gimnasio.
Los hombros anchos bajo la camiseta negra, y debajo de la tela la línea del pecho marcándose de forma leve.
La cintura estrecha.
El vaquero le caía justo donde tenía que caer.
Los antebrazos morenos, con las venas a la vista, y muy poco vello.
Las manos hipnóticas.
Dedos largos, uñas cortas y limpias, un callo pequeño en el índice derecho. Manos que sabían desmontar un arma a oscuras y doblar una servilleta en un triángulo exacto con la misma paciencia.
El cuello largo, con una vena que se le movía al tragar.
La mandíbula afilada, marcada, irresistible.
La barba descuidada de dos días.
La boca ancha, el labio de abajo más lleno que el de arriba, siempre un poco entreabierta cuando contaba en silencio.
Y los ojos. Negros, de una insolencia tranquila, capaces de aguantar la mirada, como si el mundo entero pudiera esperar su próximo pestañeo.
Mirar a Alejandro Herrera a los ojos era perder una apuesta que no habías aceptado.
En la muñeca, medio escondido bajo el puño de la chaqueta, un cordón rojo deshilachado que le había atado su abuela cuando era niño.
Para que no te pierdas.
Vestía como el barrio. Camiseta oscura, vaquero gastado, una chaqueta de cuero fino, muy de la época.
No hacía falta mirarlo dos veces.
Todos lo miraban.
LA BROMA DE DESPACHO
La misión se la habían dado tres días antes, y la repasaba ahora como se repasa una partitura antes de un concierto, buscando el compás disonante.
Había sido en la sede del CNI en Madrid. Tras un ventilador de aspas muerto desde el verano, Vázquez lo esperaba con dos cafés de máquina y una carpeta roja.
Los asuntos aburridos llegaban en carpetas de cartón.
Los peligrosos, en esas nuevas carpetas de plástico rojo.
—Siéntate, que me pones nervioso de pie. ¿Café?
—De ese no, gracias.
—Más cafeína para mí.
Empujó una foto granulada sobre la mesa.
—Un agente del Mossad. Cuarenta y muchos, veterano, de los que ya no quedan. Lleva tres semanas en Madrid investigando a los Rakitin.
—¿Y a ellos qué les importan los Rakitin?
—Les importan lo justo, mientras no monten aquí la sucursal y nos llenen el ministerio de sobres.
Dio una calada larga.
—Lo que no hace gracia a los de arriba es que un servicio de inteligencia extranjero pueda encontrar algo antes que nosotros. Israel es amigo. Lo que tus amigos saben de ti, pueden usarlo contra ti.
—Yo ya estoy metido en el entorno, con políticos, muy cerca de los Rakitin ¿Para qué me quieres?
—Tú tienes la cara, la paciencia y el estómago. El objetivo frecuenta un bar de Malasaña los fines de semana.
—Un sitio de los tuyos.
—Ya
—Le gustan jóvenes, según el informe. Y tú, según el mismo informe, sigues siendo joven aunque te empeñes en parecer un viudo. —Empujó la foto borrosa hacia Alejandro. Se distinguía una sombra, una barba, y poco más
—. Acércate. Mídelo. Dime si es lo que parece.
—O sea. Sin nombre, una foto borrosa, y el aspecto de la mayoría de maduros que frecuentan cualquiera de “mis sitios”.
Vázquez encendió un cigarro con la brasa del anterior. Tardó en hablar lo que tardó en salirle el humo.
—Y ahora la parte que no está en la carpeta.
Se quedó un momento mirando el ventilador muerto del techo.
—Últimamente tengo la sensación de que en esta casa las paredes oyen más de lo que deberían. Es una sensación de viejo, pero no me equivoco.
—¿Qué quieres decir?
—Todavía no lo sé. Pero de este trabajo hablamos tú y yo, y nadie más.
—Eso se parece bastante a que no me fíe de mis compañeros.
—Es que no te fíes de nadie menos de mí. Llevo treinta años en esto y he aprendido que el exceso de confianza mata antes que las balas.
Le señaló con el cigarro.
—Ve al bar. Sé encantador. Observa. Y no te metas en líos.
—¿Qué líos?
—Los que les ocurren a los agentes que no distinguen la realidad de la tapadera.
Lo miró por fin a los ojos, y por un momento el sarcasmo se le cayó de la cara y quedó debajo algo parecido al cariño.
—Un día vas a tener que decidir cuál de los dos hombres que finges ser eres tú de verdad. Pero no esta noche. Esta noche es trabajo.
Alejandro dobló la foto y se la guardó.
Vázquez siempre había creído que le habían jodido la vida al chaval. Que Alejandro no era capaz de amar, porque su trabajo era enamorar a otros hombres.
ÉL NO TENÍA PRISA
Al otro lado del ventanal, en la plaza casi a oscuras, un cigarro se encendió.
El hombre del banco no se había movido. Observaba la ventana iluminada, las siluetas erráticas a través del cristal, con la paciencia propia de un sicario.
En las próximas horas una de aquellas siluetas iba a dejar de respirar.
Todavía no había decidido cuándo.
Él no tenía prisa.
EL HOMBRE DEL ABRIGO
Entonces la puerta se abrió.
Permaneció abierta un latido más de lo normal, dejando entrar una ráfaga de aire frío y seco.
El frío de Madrid.
Un hombre alto cruzó el umbral con el abrigo largo abierto, camisa limpia y la barba recién perfilada. Sin prisa. Cada paso medido como si el entorno respondiera a su cadencia.
El camarero lo saludó con una inclinación breve, de las que hacen cuando reconocen a un cliente.
Alejandro reconoció el gesto.
El hombre estudió el local sin mover la cabeza y eligió la barra, desde un ángulo que le permitía controlar todo.
—Un whisky on the rocks —dijo, con la autoridad que confiere un tono bajo.
El camarero ya se lo estaba preparando.
Un vaso Old Fashioned, corto, ancho, de base gruesa y paredes rectas.
Perfecto para que el hielo se derrita lentamente sin rebajar el whiskey.
Agitó el vaso y siguió tejiendo el mapa del bar.
Entradas. Salidas. Caras.
ETHAN LEVY
Cuarenta y seis años. Un metro ochenta y cinco.
Un hombre corpulento.
La espalda militar, ancha arriba y abajo. Postura erguida, y hombros prominentes.
Se le tensaba la camisa entre los omóplatos cuando se apoyaba en la barra.
El pecho marcado, con algo de vello oscuro, recortado, asomando por el botón que no se había abrochado.
Sólo uno.
Los brazos fuertes. Sin marcar. De fuerza vieja, trabajada, sin definir para nadie.
Las manos grandes, de dedos gruesos, con una cicatriz blanca en el dorso de la izquierda. Manos que cogían un vaso bajo como si no pesara y lo devolvían a la barra sin hacer ruido.
La barba recortada, con las canas ganando en la mandíbula, y esa línea limpia del cuello donde alguien le había pasado la cuchilla hacía dos horas.
Los labios finos.
Casi nunca se separaban.
Y los ojos, azules, fríos en la superficie, que no invitaban a acercarse.
Exigían distancia.
Lo que nadie contaba de aquellos ojos es que, cuando por fin se posaban en alguien, se posaban enteros.
En el dedo anular, un anillo de acero opaco con una inscripción en hebreo apenas legible, que giraba entre el pulgar y el índice sin darse cuenta.
Una pelota contra el cristal.
Un niño gritando gol.
Una silla contra el suelo.
El hielo de unos vasos.
El bar entero no oyó nada.
Ethan lo oyó todo.
No era oído fino.
Era una puerta sin portero.
Todo entraba.
Todo a la vez.
Todo con el mismo derecho.
Un torbellino mental que Ethan había entrenado para controlar. Pero que resultaba agotador.
El peligro y el sexo le calmaban, le apagaban la radio.
Eligió un trabajo con dos nóminas.
A los cuarenta y seis años, Ethan Levy sabía exactamente el efecto que generaba en los demás.
Llevaba media vida usándolo.
Sin haber aprendido
todavía a disfrutarlo.
LO QUE NO SE MUEVE
Fuera, en la plaza, el hombre del banco seguía quieto.
Se quedó paralizado.
Llevaba observando cuarenta minutos.
Pero en ese momento su mente dejó de responder.
Y siguió sin responder.
El cigarro se consumió.
Le quemó los dedos.
No era la cara. La cara la tenía a treinta metros y a contraluz. En esas condiciones no se reconoce a nadie.
Era la manera de cruzar la puerta.
Esa forma de entrar en un sitio nuevo mirando primero el techo, después las salidas y por último a las personas, que no se aprende en ningún ejército del mundo.
¿Ethan?
Tenía un encargo, un papel doblado en cuatro y un nombre que no era ese. Nada de lo que acababa de ocurrir constaba en la carpeta que le había dado Laurent.
Sacó otro cigarro y lo encendió sin darse cuenta.
No puede ser, se dijo.
Llevaba nueve años evitando pensar en él.
Hasta ese mismo momento, le había funcionado.
JAFFA
Ethan estaba en Madrid porque unas semanas antes, en Tel Aviv, una mujer le había servido un té, que nunca se bebía, y le había puesto delante su próxima misión.
Madrid.
Se llamaba Dalia, y era la única persona a la que Ethan le habría confiado la vida sin dudarlo.
Se conocían desde poco después de la formación en el Mossad.
Ahora ella peinaba las primeras canas ganadas a pulso, y usaba unas gafas gruesas, de esas que ocultan arrugas prematuras propias de un oficio que no permite descanso.
Lo había citado en un café de Jaffa con vistas a un mar que ninguno de los dos miraba.
—Madrid —dijo ella, removiendo el té—. Te vas el martes. De asesor financiero aburrido; se te da de maravilla ser aburrido cuando quieres. —Deslizó una carpeta hacia Ethan—. Los Rakitin están montando en España su lavadora europea. Ladrillo, sobre todo. Compran políticos con facilidad. Quiero flujos de dinero, nombres, y todo lo que puedas sacar sobre Berlín, que es donde han trasladado el cuartel general.
—Eso es trabajo de meses.
—Tienes meses. Lo que no tienes es permiso para matar. Te toca ya una operación tranquila. Entras, escuchas, sales y reportas.
Lo miró por encima de las gafas y tardó un poco más de la cuenta en decir lo siguiente.
—Y una cosa más. Vas a estar cerca de gente de los Rakitin. Puede que reconozcas a alguno. De Moscú.
Ethan no movió un músculo.
—No sabemos quién opera para ellos sobre el terreno —siguió ella—. Podría no ser nadie que conozcas. Pero si te reconocen, directo a casa de vuelta.
No vas a Madrid a cerrar cuentas viejas: vas a escuchar y a volver.
—No tengo cuentas que saldar.
—Todos las tenemos. Ethan.
Se bebió el té de un trago, entero, un gesto que Ethan no le había visto nunca.
—Anda, vete. Y en Madrid, duerme. Tienes cara de llevar veinte años sin dormir del tirón.
—Me duermo en un minuto. Siempre.
—Dormirte es fácil. Lo difícil es no querer despertarte solo. Eso no lo has aprendido nunca, y no es una crítica profesional.
No se despidieron. Primero salió Dalia, y más tarde Ethan.
Pero al salir del café, con el sol deshaciéndose sobre el agua, Ethan sintió una presión en el pecho.
Era esperanza.
Y detrás de la esperanza, agazapado, un nombre que Dalia había tenido el cuidado de no pronunciar y que él tampoco se permitió pensar.
EL DUELO
Sentado en la barra, movió el vaso, disfrutando de la ceremonia.
Levantó la mirada un instante y se quedó clavado en el chico de la ventana.
A esa distancia ninguna cortina de humo tapaba nada.
El chico lo estaba repasando sin disimular. La mano derecha quieta junto a la taza, atornillándolo al mármol. Los ojos negros clavados en él, atravesando el largo del local sin parpadear una sola vez.
Ethan lo cualificó al instante. Treinta y pocos. Hombros firmes. Camiseta ajustada sobre un cuerpo entrenado con equilibrio. El pelo oscuro caído con descuido estudiado sobre la frente.
Manos limpias, sin marcas de oficio.
Y en la mesa, contra el salero, medio azucarillo de pie.
Sin duda, el tipo de tío por el que negaría haber perdido la cabeza.
No sonrió. Se le tensó la comisura, un movimiento apenas perceptible que no notó nadie más. Pero entre la mesa y la barra se instaló una conexión invisible.
Alejandro llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió mirando por la ventana, disimulando ahora sí el marcaje. Aspiró y soltó el humo despacio, una espiral lenta que subió hacia las lámparas escribiendo lo que no necesitaba decir.
El local contuvo el aliento.
Y entonces la cara del chico llevó a Ethan a un sitio en el que había jurado no volver a entrar. Un cuarto frío. Una bufanda raída.
Una risa con acento del norte.
Recuerdos que le saturaron la cabeza a una velocidad que no podía controlar, saltando de Madrid a Rusia, del presente al fantasma, del hombre que tenía enfrente al que llevaba enterrado desde una fecha que sabía de memoria.
Sacudió la cabeza. Tocó el anillo.
El metal estaba frío bajo los dedos.
Se obligó a volver al presente, y se trajo un nombre que no debía pronunciar.
Petrov.
Se sacudió el nombre de la cabeza y volvió al bar.
Cuando te gusta alguien lo notas en el estómago, que es donde vive el instinto. Pero cuando esa punzada viene con sabor metálico en el paladar, puedes estar seguro de que ese chico te va a traer problemas.
No existe hombre, por muy profesional y experimentado, que pueda huir de eso.
¿TIENES FUEGO?
Alejandro levantó la mano y llamó al camarero con decisión. Cuando este se acercó, señaló hacia la barra, y luego su propia mesa.
—Lo que esté tomando él. Y otro café.
El camarero miró hacia la barra y entendió el juego sin necesidad de más palabras. En un bar como el Pepe Botella aquello se veía todas las noches.
Un minuto después había un whisky sobre el mármol del ventanal, al lado de una taza humeante. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tibia.
Un cebo dorado y perfecto.
Alejandro levantó la vista.
Sus ojos se encontraron.
Era una invitación, un desafío y una apuesta.
El whisky era la excusa.
Ethan dejó el billete en la barra y se levantó despacio. No había urgencia en sus pasos. Las sombras se alargaron, el murmullo bajó de volumen, y el Pepe Botella entero aguantó la respiración mientras cruzaba el local.
Alejandro no se movió.
Cuando Ethan se paró delante de la mesa, la distancia era mínima.
El aire se comprimió como el instante antes de un viaje a lo desconocido.
—¿Tienes fuego? —Su voz, grave y baja, abrió camino.
Alejandro levantó el cigarrillo encendido entre los dedos y sonrió.
—No fumo.
EL CERCO DE AGUA
Ethan miró el cigarrillo.
Miró la mano.
Y le apareció en la cara algo que no llegaba a sonrisa.
Suficiente para Alejandro.
El juego había empezado.
Alejandro le aguantó la mirada. Su cara imperturbable.
Un cliente de la mesa de al lado, ajeno a todo, le pasó un mechero. Lo cogió sin apartar los ojos, ahuecó la mano alrededor de la llama y le dio fuego.
—Los legionarios llaman a esto refugio.
—¿Cómo lo sabes?
—Familia de militares. —Soltó el humo hacia arriba.
—Gracias.
—De nada.
Devolvió el mechero sin dejar de mirarlo.
El bar seguía vivo alrededor. Conversaciones que subían y bajaban, música que cambiaba de ritmo sin avisar, el ruido constante de vasos. Pero entre aquellas dos sillas se había abierto una burbuja donde el resto del local sonaba hueco.
—No te había visto antes por aquí.
—Primera vez —mintió Alejandro, y le salió fácil.
—¿Te gusta?
—Todavía no lo sé.
Dejó la frase flotando.
Ethan la recibió como una embestida más.
Tenía enfrente a un buen adversario.
—Dale tiempo.
—¿Y qué te trae a Madrid? Porque de aquí no eres.
—Trabajo. Unos números que revisar, unas firmas, empresas.
—¿Y firmas de noche en Malasaña?
—Ahora no estoy trabajando.
Hablaron. De Madrid, de la noche, de todo y de nada. Alejandro tejía preguntas casuales entre anécdotas inventadas, buscando fisuras, inconsistencias, un cabo suelto. Pero el otro era bueno. Muy bueno. Cada respuesta era una verdad parcial, con detalle suficiente para sostenerse y ninguno de más.
Un espía no aprende a mentir.
Aprende a decir la verdad.
Por debajo de una conversación vestida con cautela profesional, estaba sucediendo otra cosa que ninguno de los dos nombraba. La forma en que las miradas se enredaban. El modo en que Alejandro se inclinaba un poco hacia delante cuando hablaba, lo justo para que Ethan se sintiera invadido sin incomodarse.
Los dedos de Ethan tamborileando sobre el mármol, chivatos de una inquietud que la cara no reflejaba.
—¿Cómo te llamas?
Ethan lo miró y se le paró el tiempo.
—Gabriel.
—Miguel.
El intercambio debería haber sido trivial. Pero ambos sintieron cruzar una línea que ninguno de los dos había dibujado.
—Yo no he pedido esto —dijo Ethan, señalando el vaso.
—Lo sé. Pero lo estabas tomando en la barra.
Ethan levantó el vaso y bebió despacio, sin apartar los ojos.
El whisky le quemó la garganta y no parpadeó.
Nunca enseñaba una debilidad.
Alejandro se preparó el café con el otro medio azucarillo, al que por fin le encontró destino.
Lo volcó junto al primero y dio tres vueltas exactas a la taza, con la convicción de que sus rutinas le permitirían seguir controlando la situación.
Levantó la vista, y Ethan lo atrapó otra vez.
—Los jóvenes echáis mucho azúcar en el café.
—Somos invencibles.
—No lo dudo. —Movió el vaso—. Pero el café es un amigo honesto que no merece ser endulzado.
Como la verdad.
—¿Y quién busca la verdad cuando es joven, Gabriel?
—La verdad llega más lejos.
Cuando no trabajo, siempre digo la verdad.
—¿Y hoy estás diciendo la verdad?
—Hoy no estoy trabajando.
La respuesta se le quedó dentro de la cabeza, dando vueltas, buscando dónde encajar.
—¿Sabes qué es lo raro? —dijo Alejandro—. Que se me dan bien las mentiras. Pero no sé qué hacer cuando no necesito mentir.
—Cuenta azulejos.
Alejandro se quedó congelado.
—Llevas contándolos toda la noche —siguió Ethan, señalando la pared con la barbilla—. Dieciocho, ¿no?
Trece años. En trece años nadie se había dado cuenta de eso.
Ni Vázquez, que le había leído todos los informes.
Ni Irene, que le había leído todo lo demás.
—Deformación profesional —añadió Ethan, devolviéndole su propia frase—. Yo también miro lo que la gente hace cuando cree que no la ven. Y tú, cuando crees que no te ven, ordenas el mundo.
El silencio que vino después duró lo que tarda un hielo en soltarse del fondo de un vaso.
Y Alejandro, que ya no sabía qué hacer con las manos, hizo lo único que sabía.
Se humedeció el labio inferior con la lengua, muy despacio, y con una lentitud calculada deslizó el índice sobre el mármol siguiendo el cerco de agua que el vaso de Ethan había dejado en la piedra.
Un círculo.
Sensual.
Completo.
El dedo húmedo brillaba bajo la luz tenue, y no apartó la vista de los labios de Ethan mientras lo hacía.
Ethan observó el movimiento como si fuera lo único que existiera en el mundo. El dedo recorriendo el agua. La presión exacta contra la piedra. El gesto era obsceno, inocente e íntimo a partes iguales.
Y entonces Alejandro, tras cerrar el círculo, levantó los ojos, se los clavó, y arrastró el dedo hasta el centro.
No se tocaron. Pero el aire entre ellos palpitaba con la promesa de lo que aún no había sucedido.
—¿Así invitas siempre? —Ethan tenía la voz más baja, y se relamió sin darse cuenta.
—Solo cuando vale la pena.
—¿Y cómo sabes que valgo la pena?
—Aún no lo sé. Por eso sigo aquí.
—No estás acostumbrado a que te miren así —dijo Alejandro, casi en un susurro.
—No.
—Tampoco pareces de los que se dejan incomodar.
—Me divierte.
—Yo no suelo jugar.
—Conmigo vas a tener que hacerlo.
Alejandro recorrió con el anular las vetas grises del mármol, ajado por veinte años de vasos y de codos, sintiendo las grietas bajo la yema. La piedra estaba fría.
Ethan lo miraba con la paciencia de quien lleva años midiendo distancias. Los hombros rectos.
La respiración controlada.
Las manos cerca y sin tocar.
Se acercó el cenicero para descargar el cigarro, y la manga del abrigo le rozó la mano.
No fue un accidente.
Alejandro no la retiró. Notó el calor subirle por el antebrazo hasta un sitio donde no le convenía sentir nada, y el cuerpo, que dejó de obedecerle, decidió por su cuenta quedarse quieto.
Ethan no se disculpó.
No era su estilo.
—No eres de aquí, ¿no?
—Soy un ciudadano del mundo.
—Eso suena caro.
—Me lo puedo permitir.
—¿Qué ves cuando me miras?
Ethan aguantó la mirada sin parpadear.
—Un hombre que quiere parecer más libre de lo que es.
Alejandro se rio sin ruido.
—No te equivocas mucho.
—¿Siempre fumas tanto?
—Fumo cuando me aburro.
—No te estás aburriendo.
—De momento no.
Encendió otro de todas formas.
La llama le iluminó los labios tensos un segundo.
—Da la sensación de que nunca cedes el control.
Los dedos de Ethan rozaron el anillo. Una vez. Dos.
—Todos cedemos el control en algún momento.
—Algunos aprendemos a dominar siempre.
Dijo Alejandro.
—No te creo.
—No te miento.
—¿Y encuentras muchos maduros que se dejan dominar?
—Uno nunca sabe lo que tiene delante.
—En eso no te equivocas.
Dijo Ethan.
A Ethan le cambió la cara sin darse cuenta.
Y se quedó en silencio.
Fue un cambio pequeño, de los que solo se ven si llevas media vida analizando caras, y Alejandro vivía de ello.
Se echó hacia atrás en la silla y, por primera vez en toda la noche, se relajó.
—Dejas huella —dijo Alejandro.
Fue un error. Quien rellena los silencios, pierde.
Ethan inclinó la cabeza, rechazando el giro.
Bebió el último sorbo, lo saboreó, y aceptó la voz de dentro que le decía que era hora de marcharse.
Seguir jugando podía ser peligroso.
Y él acababa de ganar el primer set.
Estaba en Madrid por trabajo.
Dejó el vaso con precisión en el mármol, justo donde el cerco de agua ya no estaba, y sacó un billete.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Volverás?
—No lo sé.
—Llévate tu dinero. Invito yo.
—No quiero deberte nada.
Alejandro sostuvo la mirada, y se le curvó la boca en una sonrisa peligrosa.
—Mientes.
La palabra cayó limpia, un golpe sin ruido. Ethan no la discutió.
La ausencia de respuesta fue el empate.
Se giró hacia la puerta y eligió el lado estrecho, entre la mesa del ventanal. Entre el guionista y el crítico de cine.
Al pasar las manos se rozaron.
Fue un instante.
Fue real.
Alejandro levantó la vista y los atrapó a los dos en un adiós sin palabras. La despedida fue una llama que se apagó rápido y dejó brasas en el aire.
Ethan abrió la puerta, dejó entrar el frío y salió despacio, sin mirar atrás.
El portazo sonó como un signo de interrogación.
LA MESA DESORDENADA
Alejandro se quedó inmóvil, con la taza casi llena, sin azucarillo, en una mesa desordenada.
Y con el cuerpo en un estado que no reconocía.
Le costó un rato largo darse cuenta de lo que le pasaba, porque llevaba años follando por trabajo y sabía hacerlo como nadie.
Profesional, con método, sin dejar rastro y sin sentir.
Pero aquello fue distinto.
Aquello era el cuerpo yendo por delante del expediente.
Una tirantez baja, terca, absurda, provocada por un hombre que simplemente lo había rozado.
Un roce.
Ese era el problema.
Se terminó el café frío mirando la marca de agua que ya no existía, y cuando el camarero empezó a limpiar vasos con más insistencia de la necesaria, entendió que llevaba veinte minutos sin percibir el paso del tiempo.
Había perdido el control.
La compostura.
La profesionalidad.
Todo por un hombre de ojos azules llamado Gabriel.
LA CAZA
Salió del bar todavía abrumado.
El aire fresco de la noche le limpió el humo de los pulmones.
Malasaña se movía ya a medio gas.
Algunos bares abiertos.
Parejas despidiéndose en las esquinas.
El sonido lejano de una pelea sin importancia.
Contó los pasos hasta la esquina por costumbre.
Cuarenta y dos, como siempre.
Lo que no contó fue la sombra que se movía tres portales por detrás.
Había estado esperando fuera del local, mezclada con los que ocupaban un banco de la plaza, gente a la que nadie mira dos veces. Había visto entrar al hombre del papel. Había visto entrar al otro, al del abrigo largo, al que creyó reconocer de otra vida.
Y había visto suficiente de lo que pasó dentro.
Ahora iba detrás, a la distancia correcta, sin acelerar en las esquinas.
No iba a ser esa noche. Esa noche era para aprender. Por dónde vuelve a casa. Qué acera elige. A qué distancia se pone a buscar las llaves y cuántos segundos tarda en encontrarlas.
En los trabajos serios no se dejan cabos sueltos.
Este no iba a ser diferente.
La caza acababa de empezar.
EL INFORME QUE NO CABE
Para Alejandro, la tarde había sido un desastre.
No había confirmado nada. No sabía si aquel hombre era el agente que le habían asignado. No tenía una sola línea que llevarle a Vázquez, salvo una verdad incómoda: “se había distraído”.
Peor aún: habría querido distraerse mucho más.
En lo más recóndito de la cabeza guardaba la esperanza de que fuera un turista cualquiera. Pero la elegancia, la discreción y la forma de escoger las palabras no eran de un civil. Eso lo podía asegurar con una certeza amarga.
En el apartamento encendió un cigarro junto a la ventana abierta. Cerró los ojos, y le volvieron los ojos azules, el roce del abrigo, el anillo brillando bajo la luz del bar.
Su padre había sido militar de los de antes. En aquella casa, un hombre valía lo que valía la orden que cumplía, y el cariño se administraba con escasez.
Alejandro aprendió a no pedirlo.
Sabía que el escaso cariño vendría tras la obediencia.
Nunca había desobedecido nada importante.
Aquella noche dejó de cumplir órdenes por mirar a un hombre.
Y extrañamente no sentía culpa.
Se sentía vivo.
El teléfono vibró sobre la mesa. Número oculto.
Lo dejó sonar dos veces: nunca a la primera.
—Dime.
—¿Y bien? —La voz de Vázquez intuía un cigarrillo en la boca.
—Estuve en el bar. Nadie encajaba con la descripción.
—¿Seguro?
Alejandro miró al techo como quien se santigua antes de pecar.
—Si estaba allí debe ser muy profesional.
—Eso ya lo sabíamos.
Una pausa de las que Vázquez cobraba.
—Mis fuentes no fallan.
—No tengo nada más.
—Ya.
El silencio duró lo que tarda un hombre en decidir si cree a otro.
—Briefing a primera hora —dijo Vázquez—. Hay novedades.
—Mañana nos vemos.
—Alejandro.
—¿Qué?
—Empieza a preocuparte el día en que deje de llamar.
Colgó.
Lo borró del registro sin inmutarse.
Se tumbó en la cama sin desvestirse, con los zapatos puestos, y se quedó mirando el techo.
Acababa de mentir a su superior.
El insomnio lo esperaba, como todas esas noches en que se preguntaba si al despertar su vida sería de verdad.
Aunque esta noche tenía un sabor distinto.
ZEJOR MI ATÁ
Ethan llegó a su apartamento de Chamberí poco después de medianoche. Subió por las escaleras, dejó el abrigo en la silla y se echó agua fría en la cara.
Se sirvió un Macallan solo, sin hielo, y salió a la terraza. La ciudad se extendía bajo sus pies, viva y ajena a la vez.
Había cometido un error, y le costó media copa admitir cuál.
No el de haberse acercado: el de haberse ido.
Era el error que cometía siempre que el miedo a sufrir llegaba antes que cualquier otra cosa. Había sentido algo que no sentía desde Moscú, desde aquella memoria que no tuvo más remedio que enterrar, y la reacción fue la de siempre: levantarse, pagar, salir.
El teléfono vibró en la mesa de la terraza.
Un mensaje en hebreo desde Tel Aviv.
Avistado Rakitin en Barajas.
Reunión en breve.
Permanece alerta.
El mensaje le centró.
La razón por la que estaba en Madrid. El nivel de sofisticación logística, los flujos de dinero, las personas de influencia.
Debía acercarse a unos individuos que se planteaban hacer ciertas inversiones en España, cuantificar el lavado, y recoger todo lo que pudiera sobre Berlín y los políticos españoles implicados.
Trabajo, Ethan.
Y sin embargo.
Cerró los ojos y le apareció la cara del chico. Los ojos negros. La sonrisa insolente. El hilo rojo en la muñeca. Y el dedo recorriendo el cerco de agua sobre el mármol, entero, hasta el centro.
Sacudió la cabeza. Se terminó el whisky a sorbos rápidos y se echó en la cama.
A pesar del oficio, a pesar de que los pensamientos nunca callaban, Ethan no tardaba nunca más de un minuto en dormirse.
Era lo único de su cabeza que funcionaba sin esfuerzo.
Aquella noche, antes de que el sueño le venciera, hizo algo que no hacía jamás.
Se quedó un minuto largo con el pulgar sobre la inscripción del anillo. Esta vez sin frotarlo con pánico. Solo tocándolo, como se toca la mano de alguien que duerme.
Zejor mi atá.
Se lo había puesto Avi hacía más de veinte años, en un patio de Tel Aviv, y él siempre lo había leído de una sola manera.
Recuerda quién eres.
Un arma.
Aquella noche, por culpa de un chaval de ojos negros, aquello significó distinto y verdadero dentro de él.
Recuerda quien eres.
Un hombre.
Se sintió extraño.
No estaba preparado para tener algo que perder.
LA FINKA
En una pensión de Madrid cerca de Sol, en una habitación de una sola ventana, un hombre de veintisiete años estudiaba dos fotografías bajo una lámpara.
La primera, el español saliendo de un edificio oficial tres días atrás, con una carpeta bajo el brazo.
La segunda, el mismo chico entrando en su gimnasio por la noche a la misma hora de siempre.
Sobre la mesa, junto a las fotos, había una botella de vodka mediada, un vaso, y un nombre escrito a mano en cirílico.
Александр.
Alejandro.
Petrov giró el vaso sobre la madera media vuelta, y luego media vuelta en el otro sentido, hasta dejarlo exactamente donde estaba.
Sacó el fusil de la bolsa, lo montó con movimientos mecánicos y precisos, y lo revisó. Lo desmontó, y lo volvió a guardar en la bolsa debajo de la cama.
Montaba y desmontaba sus armas cuando estaba nervioso.
Un fusil no firma un atraco de barrio.
Esa clase de muerte se firma con una navaja.
La desenvolvió de la toalla con el cuidado de quien maneja una reliquia. Una finka: el cuchillo que los hampones rusos copiaron a comienzos de siglo del puukko finlandés —hoja más larga, el lomo recortado en la punta, una guarda que el puukko nunca tuvo— hasta convertirlo en el arma blanca de los bajos fondos.
Tan del hampa se hizo que la Unión Soviética la prohibió en los años treinta. Y sin embargo, cuando la Guerra de Invierno dejó al Ejército Rojo sin un cuchillo de combate decente, fue esa misma navaja de gánster la que adoptaron en el cuarenta y rebautizaron con pudor: nozh razvedchika.
El cuchillo del explorador.
La suya venía de Zlatoust, en los Urales. Mango negro, guarda invertida hacia el filo, porque a un razvedchik se le enseñaba a clavar con el corte hacia arriba.
Y tenía una virtud perfecta para la misión, una herida de finka se confunde con la que deja cualquier navajero por una cartera. Nadie sospecharía de un navajazo de barrio.
Aquel arma no le había fallado nunca.
Esa era la lealtad que Petrov conocía.
La gente lo había fallado, antes o después.
Todos.
Las armas, jamás.
La envolvió y la dejó bajo la almohada. Debajo de la cama quedó la pistola pequeña, la de silenciador integrado en dos secciones, pesada para su tamaño y sin un solo adorno, pensada para pasillos de hotel y baños de estación. Por si la finka no bastaba.
No le haría falta.
La llevaba igual.
Volvió a mirar la segunda fotografía. El chico era joven, guapo, y por cómo se movía, se notaba que era bueno en lo suyo.
Una pena.
Y entonces, sin permiso, le volvió el portazo. El hombre alto del abrigo largo saliendo del bar. Esta vez, de frente.
Lo había reconocido.
Volvió a ver al único hombre a quien le entregó el corazón, y la vida.
Se levantó.
Deambuló por aquella minúscula habitación buscando un punto fijo donde poder parar a pensar.
No lo encontró.
Petrov había muerto en el noventa y dos, con papeles y todo, que es como mueren los que no piensan volver.
Y esos papeles rezaban que no tenía sentido que Ethan estuviera hurgando en los temas de Rakitin.
Se subió la bufanda hasta la barbilla, aunque no fuera por el frío que su cuerpo temblaba.
Le vinieron a la cabeza los peores recuerdos.
Se acordó del vestuario sin calefacción. El gimnasio. Dieciséis años, un hombre grande de manos ásperas, que le llamaba Aliosha, mientras a lo que le hacía le llamaba endurecer el carácter.
Igor.
El móvil se encendió sobre la mesa, al lado de las dos fotografías.
Número de Berlín.
—¿Ya lo tienes?
Laurent. En ruso, y con la misma ligereza de la primera vez.
—Lo tengo.
—¿Cuándo?
—Cuando esté.
Al otro lado hubo una pausa educada, de las que se pagan.
—Mañana vuelo a Madrid. Tengo reuniones. Puede que esté él. Me gustaría poder estar seguro de que en una semana que ese asunto está cerrado.
—Entiendo. Lo estará.
—Ves qué fácil.
Se oyó un roce de tela, como si el teléfono cambiara de mano.
—Y una cosa, Alexei.
Petrov esperó.
—Contrólate por las noches.
Petrov colgó.
Era la única forma en la que pudo responder.
Se quedó un rato mirando la nada.
La toská subió, pesada, se le sentó al lado y le pasó un brazo por los hombros como una vieja amante.
Esta vez no la apartó.
Le susurró al oído lo que siempre le susurraba.
Sobre la mesa, al lado de las dos fotografías, sacó una bolsita y la volcó.
Se preparó una raya improvisada, sin detalle, y se la metió sin pensar.
Como se toma una medicina que ya no se discute.
No era una fiesta. Era el peaje que le cobraba la noche por dejarle pasar.
Se lavó la cara, se puso la cazadora y bajó las escaleras de dos en dos.
Fuera lo esperaba una ciudad que no dormía.
Por principio, casi por orgullo, como si cerrar los ojos fuera rendirse.
Esa noche se daría el permiso, una vez más, de ser un chaval que salía de copas por el ambiente.
Mañana volvería el Sicario.
“Nadie te va a querer”
ALEXEI PETROV
Veintisiete años.
Aparentaba menos, aunque se sentía como si tuviera muchos más.
Alto y estrecho.
Lucía la delgadez desgarbada del que no ha comido bien nunca.
Bajo la camiseta podías contarle las costillas, que se fundían en un esternón algo hundido.
El pecho plano y duro.
Los hombros rectos, huesudos. Las clavículas marcadas como dos asideros.
El vientre hundido. Una línea de vello blanco bajándole por el ombligo, que se sujetaba como podía, atravesando una pared abdominal escandalosamente marcada, hasta descansar en una cintura estrecha, a la que le venía grande el mundo.
Los brazos largos, fibrados, tensos hasta en reposo, con los tatuajes subiéndole desde la muñeca y asomándole por el cuello. Disimulando la cicatriz que llevaba debajo.
Las piernas delgadas, marcadas, adornadas con ese arqueo de futbolista que a muchos hacía girar la cabeza. Terminaban en un culo pequeño, peligrosamente duro.
El pelo rubio casi blanco, cortado al dos por los laterales, y largo por arriba.
De lejos lo hacía parecer un adolescente.
La piel muy pálida, de un país sin sol, tan fina en las sienes que se le veía el azul de las venas.
La nariz recta y afilada.
La boca pequeña y seria.
Y los ojos grises de hielo sucio.
La gente que se cruzaba con él apartaba la vista sin saber por qué. Luego, volvían a mirar.
No podían evitar volver a mirar.
Le solía acompañar una bufanda vieja.
Tenía frío desde el noventa y dos.
Nada era caro.
Nada era nuevo.
Pero todo había sobrevivido a algo.
Por eso costaba tanto
dejar de mirarlo.
MIL PELAS
El Strong.
Un local en el que nadie reconoció haber estado.
Una cortina, una luz roja y un hombre en un taburete que cobraba sin mirarte a la cara.
—¡Mil pelas!
Petrov se sacó un billete ondulado del bolsillo de detrás.
—Abajo no se fuma.
—No vengo a fumar.
La escalera bajaba en curva, pintada de negro, con el bajo de la música subiendo por los peldaños en forma de anestesia.
Petrov bajó despacio.
No por prudencia.
Disfrutaba sentir, colocado, como cada escalón le alejaba de sí mismo.
Se sabía ese descenso de memoria, en tres idiomas y en varias ciudades. Lo mejor de la noche era bajar sabiendo lo que estaba dispuesto a hacerse.
Abajo el aire ya conocido.
Sudor
Deseo
Popper
Hombres respirando en otros hombres.
Acababa de entrar en el cuarto oscuro más grande de Europa.
La música se sufría.
Se instalaba en el esternón como un latido que decidía por ti el ritmo de la sangre.
Paredes negras.
El tiempo dejaba de existir.
La raya de la pensión se había quedado corta en algún punto del camino.
El cuerpo le llevaba la cuenta de una deuda que nunca llegaba a saldar.
Pidió un vodka, doble, y se lo bebió mirando a nadie. Giró el vaso media vuelta, lo devolvió a su sitio, y pidió el segundo.
En el baño sin pestillo se metió lo que le quedaba sobre la taza del váter.
El espejo era una plancha de metal rayado donde nadie tenía cara.
Mejor así.
No tardaron. Nunca tardaban.
Uno se le pegó al costado y le habló al oído por encima del techno.
—¿De dónde eres?
—De fuera.
—¿Te hace?
Petrov se apartó de la pared, que en aquel idioma era un sí.
Moreno, treinta y pocos, manos grandes, corpulento, sin atractivo. Colonia barata encima de una jornada larga.
Lo empujó contra la pared de la cabina con más ganas que técnica, y Petrov se dejó.
Estaba allí para dejarse.
Le habían enseñado a los catorce que la manera de que un hombre grande te muestre algo parecido al aprecio, es no discutirle nada.
Aquella lección se le había tatuado en el alma como un idioma materno.
Uno puede aprender otros.
Pero sueña en el materno.
Le buscó la boca.
Petrov giró la cara.
Le dio todo lo demás.
La boca no.
Fue rápido, vestidos y sin nombres, con la hebilla del otro marcándole la cadera y una mano cerrada en su nuca.
Petrov empujó contra esa mano pidiendo más, porque a eso había venido: a que la noche le dejara señal.
Cuando terminó, el otro dejó caer lo que pareció una sonrisa. Dijo algo que sonaba a cumplido y le buscó la cara otra vez, esta vez despacio. Le pasó el pulgar por el pómulo. Un gesto pequeño, doméstico, de los que hacen los que en el fondo preferirían tener a alguien por las mañanas.
Petrov se apartó como de un hierro al rojo vivo.
Le habían tocado con rabia, con dinero de por medio, con hambre. Muchas veces.
Así no se dejaba tocar.
No subió. Bajó más.
Buscó otro y lo eligió peor: más mayor, más corpulento, más borracho, de los que no preguntan. Alguien le puso un frasco en la mano y Petrov inhaló sin preguntar.
El suelo se volvió caliente.
El bajo se le metió en los dientes.
La segunda vez no hubo pulgar, ni cumplido, ni cara que girar.
Mejor.
Subió cuando el cuerpo ya no tenía con qué pagar.
Arriba, el hombre del taburete seguía sin mirar a nadie.
Fuera clareaba. Madrid, a las seis y media, ensayaba su inocencia de todas las mañanas: una persiana metálica, una furgoneta de reparto, un hombre de mono azul con periódicos en la mano.
Petrov encendió el cigarro que no se había fumado abajo y caminó sin rumbo, hacia Sol.
Pensó en el hombre alto del abrigo largo, que no debía estar en esta ciudad. Pensó en el chico de las fotografías, que tenía los ojos negros y los días contados.
Y pensó, sin querer, en un pulgar, que era lo único de toda la noche que realmente le había dejado marca.
Hoy no, se dijo.
El trabajo lo haría mañana.
TRES SILENCIOS
A las siete de la mañana, en Madrid, dos hombres estaban en la cama, y uno subía una escalera.
Ethan dormía hacía horas, con el pulgar todavía puesto sobre un anillo en hebreo, cuyas palabras, aquella noche, habían cambiado de significado.
Alejandro, en una cama sin deshacer y con los zapatos puestos, repasaba la conversación entera: cada palabra, cada gesto, cada silencio. A primera hora tendría que decidir si incluirla en un informe.
Y en una pensión cerca de Sol, bajo una lámpara apagada, esperaban a Petrov dos fotografías, un papel en cirílico y una cama que no había deshecho, acostumbrada a recibirle oliendo a otros.
Mañana ya era hoy.
Tres hombres.
Tres misiones.
Tres silencios.
Tres silencios.
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