Tres Silencios T1 · E01 · 1 / 4

01 · EL PAPEL DOBLADO

Todo el mundo guarda un silencio que le costaría la vida contar.

En la plaza del Dos de Mayo, aquel viernes de octubre, había un hombre al que nadie miraba.

Llevaba seis días en la ciudad. Había bajado de un tren en Chamartín con una bolsa de lona al hombro y un encargo, y desde entonces dormía poco, no hablaba con nadie y lo miraba todo. Esa tarde le tocaba Malasaña.

Se había sentado en un banco y llevaba cuarenta minutos sin cambiar de postura.

Dentro de la bolsa, envuelta en una toalla y partida en tres piezas, viajaba la única cosa a la que le tenía algo parecido al cariño. Una pistola con silenciador, vieja, con las cachas pulidas por el uso.

Se la pusieron en las manos a los dieciséis años, en un cuarto sin calefacción a las afueras de Moscú, y le hicieron montarla y desmontarla a oscuras hasta que le salió dormido. Aquellos inviernos le programaron para no temblar.

Esta vez no le habían pedido la pistola.

En el bolsillo del abrigo llevaba un papel doblado en cuatro con un nombre escrito a máquina. Le habían pedido una hoja y una noche en la que todo pareciera un accidente. Un trabajo de aficionados. Nunca había tenido el privilegio de elegir.

Llevaba la bufanda subida hasta la barbilla y los ojos grises muy quietos, moviéndose solo lo justo. La gente que pasaba cerca apartaba la vista sin saber por qué.

Encendió un cigarro y lo dejó consumirse entre los dedos casi entero, que era su manera de contar el tiempo.

Al otro lado de la plaza había un bar pequeño y viejo, con el rótulo medio roto y una terraza de mesas metálicas. La ventana empezaba a encenderse por dentro.

No la miraba por casualidad: llevaba días detrás de esa ventana, lo suficiente para saber qué sitios pisaba el hombre del papel y en cuál estaba más solo.

Observaba las siluetas erráticas a través del cristal con la paciencia de quien se sabe profesional. En algún momento de aquella noche, o de las siguientes, una de aquellas siluetas iba a dejar de respirar.

Él no tenía prisa.

02 · DIECIOCHO

Dentro, a cuatro metros del cristal, Alejandro Herrera llevaba cuarenta minutos en su posición y había contado los azulejos de la pared tres veces.

Dieciocho. Siempre dieciocho.

Ocupaba la mesa del ventanal, donde el vidrio aún guardaba el calor del día. Había ordenado la mesa como ordenaba todo lo que podía ordenar: la taza alineada con el borde del plato, la cucharilla paralela, la servilleta doblada en un triángulo exacto.

El café se lo preparaba con su liturgia. Un azucarillo entero, volcado sin mirar, y medio más. Tres vueltas de cucharilla, ni una menos.

El medio sobrante quedaba erguido contra el salero como un centinela olvidado, y él llevaba doce años preguntándose adónde iba a parar el otro medio.

En la casa lo sabían. Constaba en su expediente, con nombre técnico y todo.

También constaba que esa misma necesidad de que el mundo estuviera colocado era lo que hacía de él uno de los mejores que tenían: un hombre que no deja nada al azar es caro de fabricar.

Tenía treinta y cuatro años y unos ojos negros de insolencia tranquila, capaces de sostener un silencio entero sin parpadear. En la muñeca, medio escondido bajo el puño de la chaqueta, un cordón rojo deshilachado que le había atado su abuela cuando era niño.

Para que no te pierdas.

Se había sentado, como siempre, en el borde de la sala: desde ahí controlaba la entrada, la barra y la puerta trasera. Nunca dar la espalda a una salida. Eso lo aprendió antes que a montar un arma.

Su objetivo no tenía nombre. Un agente del Mossad, cuarenta y muchos, veterano de Rusia y del Este, con la costumbre de aparecer por allí los viernes. Alejandro debía medirlo, saber a qué había venido, y volver a casa sin que nadie recordara su cara.

Le pesaban los párpados. Tres noches sin dormir.

Había algo en aquel encargo que no terminaba de encajar, y él no sabía todavía qué era, pero llevaba tres días contando cosas más de la cuenta.

Fuera, al otro lado del cristal, en la plaza casi a oscuras, se encendió un cigarro.

03 · BERLÍN, SEIS DÍAS ANTES

La orden se la habían dado en un despacho con vistas a un río y sin un solo papel encima de la mesa.

Viktor Rakitin no levantaba la voz nunca. Cuarenta y tantos, delgado, la raya del pelo trazada a regla y las manos limpias de un contable de provincias.

Firmaba las muertes como se firma un asiento en un libro: sin risas, sin copas, sin dejar que le temblara el pulso. Mientras hablaba fue colocando el cenicero, el mechero y el vaso en una línea, y luego corrigió el vaso. Un centímetro exacto.

Tenía delante a Petrov, de pie. A su lado, en un sillón, un tercer hombre mucho más joven, de traje claro y modales de hotel caro, escuchaba sin decir nada.

—Hay un problema en Madrid —dijo Viktor, en ruso—. Pequeño. De los que si no se cortan a tiempo se vuelven grandes. Un hombre del gobierno español anda oliendo dónde ponemos el dinero.

Ha visto una cara que no debía ver, y las caras, cuando las ve quien no debe, hay que borrarlas.

—¿La pistola? —preguntó Petrov.

—No. Nada que suene a nosotros. Estamos a punto de firmar cosas en ese país, con gente que se asusta con facilidad. Quiero un accidente. Un atraco que se tuerce, un navajazo de barrio, un yonqui con suerte.

Que la policía española cierre la carpeta en una semana y se vaya a cenar. —Hizo una pausa—. ¿Puedes hacerlo con hoja?

—Puedo hacerlo con lo que haga falta.

—Lo sé. Por eso vas tú. Los detalles te los da mi primo. En España manda él. A partir de que cruces la frontera, sus órdenes son las mías.

No lo olvides, porque a veces la gente se cree que porque es joven se le puede discutir. No se le discute.

El hombre del sillón sonrió por primera vez, una sonrisa educada que no le llegó a los ojos, y se levantó.

De cerca era todavía más pulcro: las uñas cuidadas, el reloj sobrio, un acento sin patria de los que se aprenden en internados y en aeropuertos.

—Laurent —se presentó, tendiendo una mano que Petrov estrechó sin ganas—. No te preocupes por mi tío. Ladra en un idioma antiguo.

Lo dijo en un ruso perfecto, con una ligereza que a Petrov, que había conocido a muchos Rakitin, le puso los pelos de punta más que cualquier amenaza.

Cuando Viktor salió del despacho, Laurent cambió. No de tono. De temperatura.

—Mi tío dice que eres el mejor que ha tenido. Que no preguntas, que no fallas, que no dejas nada.

A mí eso me parece menos un elogio que un diagnóstico: un hombre que no deja nada tampoco se queda con nada, y un hombre sin nada que perder es, para el que lo emplea, un problema aplazado. —Le tendió una carpeta fina—.

Hazlo limpio y rápido. Y que no quede nadie a quien preguntar.

Petrov cogió la carpeta.

—Una última cosa, y esta es mía, no de mi tío. —Laurent se estiró el puño de la camisa—. No te encariñes con la ciudad. Madrid es preciosa de noche, y a los hombres de vuestro oficio las ciudades preciosas os ablandan.

Entra, hazlo, y vete antes de que te guste.

Petrov no contestó.

De los dos Rakitin, el peligroso de verdad era el que le acababa de dar un consejo amable. Los que gritan se ven venir.

Este no.

04 · LA CIUDAD QUE NO ERA DE NADIE

Madrid, en 2001, era una ciudad que todavía creía que la fiesta no se acababa nunca, y esa fe ciega era lo mejor y lo más peligroso que tenía.

Aún se pagaba en pesetas, aunque en los escaparates de los bancos ya colgaban carteles con las monedas nuevas, redondas y frías, que llegarían en enero como llega un pariente rico al que nadie ha invitado.

La gente hacía cuentas dobles en la cabeza —esto son mil pelas, esto son seis euros— sin creerse todavía que a una moneda que había durado toda la vida se le pudiera poner fecha de caducidad.

Se construía en cada esquina. Grúas sobre los tejados, solares abiertos igual que muelas arrancadas, ladrillo visto trepando por las afueras hacia una promesa de clase media con plaza de garaje.

En los ayuntamientos se recalificaban terrenos con una firma y una comida, y el ladrillo se tragaba, sin preguntar nunca de dónde venía, todo el dinero que no cabía en ningún sitio limpio.

Era un país que se contaba a sí mismo una historia tranquilizadora.

Acababan de meter en la cárcel al banquero que se había creído más fuerte que el Estado, y la gente respiró aliviada, como quien paga una deuda de todos con la nómina de uno solo.

Por debajo circulaba, discreto y educado, el dinero que llegaba de sitios que era mejor no mirar de frente: promotores, políticos de sonrisa fácil, hombres del Este con maletas y sin biografía.

Las cabinas tragaban monedas en las esquinas. Los móviles eran todavía un lujo que se sacaba en los bares con un orgullo tímido. Se fumaba en todas partes.

Y sobre todo aquello planeaba una sombra nueva: era el otoño en que el mundo entero había aprendido a tener miedo a los aviones, y en Madrid había además otra sombra más vieja y más propia, la de los que enseñaban a mirar debajo de los coches.

Se vivía con las dos encima como se vive con el zumbido de una nevera. Dejando de oírlo, hasta que paraba.

Y luego estaba la noche, que en aquella ciudad no era una hora sino un país.

Nada de aquello ha sobrevivido entero. La peseta es una pieza de museo, las cabinas desaparecieron, en los bares ya no se fuma.

Lo que se acabó no fue la fiesta: fue la sensación de que la ciudad no le pertenecía a nadie, y de que por eso podía ser de cualquiera.

Se puede volver a Madrid cuando uno quiera. A aquel Madrid, no.

Aquella tarde de octubre, en la plaza del Dos de Mayo, la ciudad ensayaba su inocencia de todos los días. Los críos jugaban al fútbol con pelotas gastadas y gritaban nombres de jugadores famosos como si al decirlos en voz alta pudieran convertirse en ellos.

Las motos trucadas entraban y salían, domadas por chavales que se sentían invencibles. Los borrachos se alzaban envalentonados por el alcohol y por una tristeza que no sabían nombrar.

Las parejas se pegaban a los muros y se besaban con urgencia, como si el mundo pudiera desaparecer en cualquier momento.

Los críos, las motos, los borrachos.

Al hombre del banco no le rozaba nada.

Al hombre del banco no le rozaba nada.

Seguir leyendo
Te aviso cuando salga la siguiente entrega
modo inmersivo · voz  ·  el universo