Tres Silencios T1 · E01 · 2 / 4

05 · LA TRASTIENDA

Tres días antes, en Madrid, en una trastienda sin ventanas encima de un cine de la calle del Barquillo, Vázquez lo esperaba con dos cafés de máquina y una carpeta fina.

La carpeta fina era su manera de decir que el asunto era delicado. Los asuntos gordos llegaban en carpetas gruesas, para impresionar a los novatos. Los peligrosos, en dos folios.

—Siéntate, que me pones nervioso de pie. ¿Café?

—De ese no. Sé lo que le echáis.

—Cafeína y desprecio, como a todos. —Empujó una foto granulada sobre la mesa—. Un agente del Mossad. Cuarenta y muchos, veterano, de los que ya no se fabrican. Lleva tres semanas en Madrid oliendo a los Rakitin.

—¿Y a nosotros qué nos importan los Rakitin?

—Lo justo, mientras no monten aquí la sucursal y nos llenen el ministerio de sobres. Lo que no nos importa nada es que un servicio amigo se pasee por nuestra casa sin llamar al timbre. Israel es amigo.

Pero los amigos, cuando entran en tu cocina sin avisar, es porque quieren mirar en tus cajones.

—¿Y yo qué pinto?

—Tú tienes la cara, la paciencia y el estómago. El objetivo pisa un bar de Malasaña los viernes. Un sitio de los tuyos. Le gustan jóvenes, según el informe, y tú, según el mismo informe, sigues siendo joven aunque te empeñes en parecer un viudo.

Acércate. Mídelo. Dime si es lo que parece o es otra cosa.

—¿Nombre?

—No tiene, para ti. Tú vas de lo que vas siempre: asesor de inversiones extranjeras. Si te preguntan, aburres.

Vázquez encendió un cigarro con la brasa del anterior. Tardó en hablar lo que tardó en salirle el humo.

—Y ahora la parte que no está en la carpeta. Últimamente tengo la sensación de que en esta casa las paredes oyen más de lo que deberían. Es una sensación de viejo, y las sensaciones de viejo o son artrosis o son verdad.

Este encargo es tuyo y mío. De nadie más. Ni del que más te fíes.

—Eso se parece bastante a que no me fíe de la casa.

—Es que no te fíes de nadie menos de mí. Llevo treinta años en esto y lo único que he aprendido es que a un agente lo mata antes la confianza que la bala. —Le señaló con el cigarro—. Ve al bar. Sé encantador. Míralo.

Y no te enamores de nadie, que en tu expediente ya tengo bastante con el otro tema.

—¿Qué otro tema?

—El de que te gusta demasiado tu tapadera.

Lo miró por fin a los ojos, y por un momento el sarcasmo se le cayó de la cara y quedó debajo algo parecido al cariño.

—Un día vas a tener que decidir cuál de los dos hombres que finges ser eres tú de verdad. Pero no esta noche. Esta noche solo mira.

Alejandro dobló la foto y se la guardó.

No podía saberlo entonces, pero aquella broma de despacho, la de enamorarse, iba a ser la única profecía que Vázquez acertaría en toda su carrera.

06 · EL HOMBRE DEL ABRIGO

El número 3 de la plaza albergaba el Café Pepe Botella.

Dentro había mesas redondas de madera y mármol, luces anaranjadas, carteles de cine español ajados por el tiempo y estanterías con botellas polvorientas. Olía a tabaco frío, a café requemado, a madera húmeda y a la clase de secreto que se guarda entre profesionales.

La música salía de unos altavoces exhaustos como un collage popular: flamenco, pop inglés, una balada de cantautor que el local agradecía noche tras noche.

En aquel bar se habían escrito guiones que luego triunfaron en pantallas de medio mundo, y en aquel bar se habían decidido también las cosas que nunca aparecen en los créditos. Nadie nombraba a nadie.

Ser de los que no se nombran, allí, no solo no estaba mal visto: era el carné.

A esa hora de viernes el aforo se colapsaba de una forma casi perfecta. Cuerpos suficientes para rozarse sin querer, y huecos caprichosos para mirar sin ser visto.

Era, en suma, el sitio ideal para que dos hombres se encontraran sin que constara.

Entonces la puerta se abrió, y permaneció abierta un latido más de lo normal.

Entró un hombre alto con el abrigo largo desabrochado. El camarero lo saludó con una inclinación breve, de las que se hacen cuando alguien ya ha estado antes.

Él midió el local sin mover la cabeza y eligió la barra, en el ángulo desde el que se controla todo sin que se note que se controla.

Cuarenta y seis años. Se mantenía muy erguido, con la rectitud del que lleva media vida entrenado para sobrevivir a una habitación.

En el dedo anular, un anillo de acero opaco con una inscripción en hebreo apenas legible, un vestigio de Tel Aviv que no explicaba nunca.

—Un whisky on the rocks —dijo, con la autoridad que da un tono bajo.

Un grupo de estudiantes soltó una carcajada en la calle. Una silla chirrió. Una pelota chocó contra el cristal y un niño gritó gol, y el bar entero pareció estremecerse.

Ethan Levy lo procesó todo.

El tintineo del hielo en un vaso a tres metros. El crujido de una silla. El murmullo de una conversación en la esquina opuesta. El ritmo de los pasos del camarero. Todo entraba a la vez, todo pedía sitio, y el sitio nunca era suficiente.

Era su condena y era su ventaja: lo que para otros era ruido, para él era información.

Giró el anillo una vez. Dos. Tres.

Y siguió tejiendo el mapa del bar: entradas, salidas, caras.

Se detuvo en una.

07 · AQUÍ HABLO YO

Aquí la historia necesita cambiar de voz, porque ese bar merece no contarse de oídas.

Esto lo cuento yo. Yo estuve.

Al Pepe Botella lo llamábamos el confesionario, y no por lo que os imagináis. Era por la forma de la barra, que hacía un recodo al fondo donde solo cabían dos y donde no llegaba la luz naranja de las lámparas.

Ahí se dijeron cosas aquellos años que no se han vuelto a decir en ninguna parte. Nombres de directores. Precios.

Quién se iba a la cama con quién para salir en unos títulos de crédito, y quién no quiso y se quedó de camarero, como yo.

Nadie preguntaba el apellido. Esa era la regla, y no la puso nadie: se puso sola, que es como se ponen las que aguantan.

Y había otra cosa que hoy cuesta explicar. Allí dentro, ser de los nuestros no era un problema. Era un aval. Fuera te podían partir la cara en una boca de metro, y lo hacían; dentro te servían el segundo antes de que pidieras.

La gente joven cree que aquello fue una fiesta. Fue una trinchera con música.

Se bebía con la urgencia del que sabe que la noche se acaba y que la ciudad, por la mañana, vuelve a ser de los otros.

De aquel otoño me acuerdo de casi todo. Del frío que entraba cada vez que se abría la puerta. De un tipo alto con abrigo largo que venía los viernes, pedía siempre lo mismo y no hablaba con nadie.

Y de un chaval de ojos negros que se sentaba junto al ventanal, ordenaba la mesa como si fuera a operar, y miraba la puerta más de lo que mira la gente que espera a un amigo.

Yo les puse la copa a los dos aquella noche. Vi lo que pasó en esa mesa, y vi salir al alto, y vi lo que se le quedó al otro en la cara cuando sonó el portazo.

No dije nada. No era mi trabajo.

De todo lo que hice en veinte años detrás de una barra, callarme aquella noche es lo único que no me perdono del todo.

Devuelvo la palabra.

08 · LO QUE NO SE MUEVE

Fuera, en la plaza, el hombre del banco se quedó quieto.

No era una quietud nueva. Llevaba quieto cuarenta minutos. Pero esta era de otra clase, la que se le pone al cuerpo cuando el cerebro deja de mandar durante dos segundos y las manos se olvidan de lo que estaban haciendo.

El cigarro se le consumió del todo. Lo notó en los dedos.

No era la cara. La cara la tenía a treinta metros y a contraluz, y en treinta metros y a contraluz no se reconoce a nadie. Era la manera de cruzar un umbral.

Esa forma de entrar en un sitio nuevo mirando primero el techo, después las salidas y por último a las personas, que no se aprende en ningún ejército del mundo y que solo tienen los que han tenido que salir de algún sitio corriendo antes de cumplir los treinta.

Se subió la bufanda.

Tenía un encargo, un papel doblado en cuatro y un nombre que no era ese. Nada de lo que acababa de ocurrir constaba en la carpeta que le había dado Laurent, y en su oficio lo que no consta no existe.

Sacó otro cigarro y no lo encendió.

Hoy no, se dijo.

Era la frase con la que llevaba nueve años apartando cosas, y hasta esa tarde le había funcionado siempre.

Era la frase con la que llevaba nueve años apartando cosas, y hasta esa tarde le había funcionado siempre.

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